A romper los diques
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Cuándo se produjo el terremoto del 25 de enero de 1999 en la zona cafetera colombiana, una de las situaciones que más me conmovió fue escuchar a cientos de personas quejarse “porque no habían alcanzado a despedirse de sus seres queridos”.
Hombres curtidos por el sol y las adversidades que lloraban desconsolados porque la muerte se les llevó a los hijos y dejó heridas y diferencias sin resolver.
Mujeres adoloridas, que entre los escombros de la casa, se lamentaban porque no pudieron reconciliarse con sus padres o hermanos y darían lo que fuera por una nueva oportunidad de verlos.
“Ojalá le hubiera dicho cuánto me importaba”… “La verdad discutimos por una tontería, pero nos dejamos de hablar”…“Si yo supiera lo que iba a pasar…” fueron algunas de las frases recurrentes después de la tragedia.
A veces pensamos que “las cosas malas” solo les pasan a los demás y a nosotros no. Y por ello, como si los afectos fueran una lavadora o un carro, los controlamos y los entregamos a pedacitos, a mediano y largo plazo, en cómodas cuotas mensuales a 36, 48 o 60 meses, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo disponible.
Volvemos el amor, la ternura, la amistad, la solidaridad una transacción más. Cómo este me quiere, yo le devuelvo cincuenta gramos de cariño. Cómo esta me miró mal, que sufra con un litro de mi indiferencia. Como estos son buena gente, se ganaron el derecho a un abrazo y dos palmaditas en la espalda. Como aquellos me simpatizan, los recompenso con una sonrisa y tres cuartos, a la semana. Pero no más…
Para algunos es más fácil prestarle dinero al otro que escucharlo. Y es que, en general, nos da un temor enorme expresar los sentimientos. “–Es que se aprovechan de mí”.“-Ya viví experiencias muy dolorosas, por eso me tengo que cuidar…” dicen.
Incluso, el cantante vallenato Jorge Celedón, que se veía muy raro de saco y corbata en la Casa Blanca, asegura en una de sus canciones que: “Uno quiere pa' que lo quieran; uno ama pa' que lo amen; uno no da la vida entera pa' que lo engañen, pa' que lo engañen…”
Por ese temor, al desamor, a sufrir, a la tristeza, dosificamos los afectos y los repartimos como pastillitas de chicle: para dar un poquito de sabor, a unos cuántos, porque no alcanzan para todos.
Hay que romper los diques y permitir que el amor se desborde e inunde nuestras vidas. Y ojalá no sea demasiado tarde.
El Nobel de Literatura Vicente Aleixandre dijo que “la vida era un relámpago entre dos oscuridades”. Calderón de la Barca se preguntaba: “¿Qué es la vida? Un frenesí”. Y se volvía a preguntar: “¿Qué es la vida? Una ilusión; una sombra, una ficción…”
Que no se nos olvide, la filosofía del cantor popular antioqueño que nos recuerda cada día que: “La vida… es un ratico”.
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Cuándo se produjo el terremoto del 25 de enero de 1999 en la zona cafetera colombiana, una de las situaciones que más me conmovió fue escuchar a cientos de personas quejarse “porque no habían alcanzado a despedirse de sus seres queridos”.
Hombres curtidos por el sol y las adversidades que lloraban desconsolados porque la muerte se les llevó a los hijos y dejó heridas y diferencias sin resolver.
Mujeres adoloridas, que entre los escombros de la casa, se lamentaban porque no pudieron reconciliarse con sus padres o hermanos y darían lo que fuera por una nueva oportunidad de verlos.
“Ojalá le hubiera dicho cuánto me importaba”… “La verdad discutimos por una tontería, pero nos dejamos de hablar”…“Si yo supiera lo que iba a pasar…” fueron algunas de las frases recurrentes después de la tragedia.
A veces pensamos que “las cosas malas” solo les pasan a los demás y a nosotros no. Y por ello, como si los afectos fueran una lavadora o un carro, los controlamos y los entregamos a pedacitos, a mediano y largo plazo, en cómodas cuotas mensuales a 36, 48 o 60 meses, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo disponible.
Volvemos el amor, la ternura, la amistad, la solidaridad una transacción más. Cómo este me quiere, yo le devuelvo cincuenta gramos de cariño. Cómo esta me miró mal, que sufra con un litro de mi indiferencia. Como estos son buena gente, se ganaron el derecho a un abrazo y dos palmaditas en la espalda. Como aquellos me simpatizan, los recompenso con una sonrisa y tres cuartos, a la semana. Pero no más…
Para algunos es más fácil prestarle dinero al otro que escucharlo. Y es que, en general, nos da un temor enorme expresar los sentimientos. “–Es que se aprovechan de mí”.“-Ya viví experiencias muy dolorosas, por eso me tengo que cuidar…” dicen.
Incluso, el cantante vallenato Jorge Celedón, que se veía muy raro de saco y corbata en la Casa Blanca, asegura en una de sus canciones que: “Uno quiere pa' que lo quieran; uno ama pa' que lo amen; uno no da la vida entera pa' que lo engañen, pa' que lo engañen…”
Por ese temor, al desamor, a sufrir, a la tristeza, dosificamos los afectos y los repartimos como pastillitas de chicle: para dar un poquito de sabor, a unos cuántos, porque no alcanzan para todos.
Hay que romper los diques y permitir que el amor se desborde e inunde nuestras vidas. Y ojalá no sea demasiado tarde.
El Nobel de Literatura Vicente Aleixandre dijo que “la vida era un relámpago entre dos oscuridades”. Calderón de la Barca se preguntaba: “¿Qué es la vida? Un frenesí”. Y se volvía a preguntar: “¿Qué es la vida? Una ilusión; una sombra, una ficción…”
Que no se nos olvide, la filosofía del cantor popular antioqueño que nos recuerda cada día que: “La vida… es un ratico”.
