Por Juan Antonio Ruiz Romero
Muchas personas, al igual que yo, pensábamos que esa capacidad manual innata de niños y jovencitos para “matar marcianitos, monstruos, zombies, invasores galácticos y demás” tendría alguna consecuencia, mucho más allá de los juegos de video.
Y el tiempo nos fue dando la razón. Los bombardeos de Estados Unidos a Iraq fueron lo más parecido a un juego de video. En horas de la noche, los misiles cruzaban el espacio, como si fueran cometas y caían, sobre destinos oscuros y amorfos, con nuevos brillos y resplandores.
La única diferencia es que en la parte inferior de la pantalla del televisor no aparecía el puntaje acumulado por el jugador que lanzaba el ataque, sino el logo de uno de los canales noticiosos norteamericanos. Era una guerra atípica, cuidadosamente diseñada, en donde no se veían las víctimas, la sangre, la muerte, sino solo los edificios destruidos y los escombros en las calles. Por lo menos eso fue lo que mostraron los informativos los primeros días, hasta que empezaron a morir soldados gringos.
Ahora resulta, que un estudio del Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California (USC) reveló que “la rapidez de los medios digitales -como el video, la televisión e Internet- no deja tiempo al cerebro para procesar sentimientos como la admiración o la compasión ante el sufrimiento ajeno”.
Aseguran los neurocientíficos estadounidenses que “los seres humanos pueden procesar la información muy deprisa y responder en fracciones de segundo a signos de dolor físico en los demás, pero la admiración y la compasión, dos de las emociones que definen a la humanidad, requieren mucho más tiempo”. Los investigadores concluyen que las rápidas herramientas ofrecidas por los medios digitales "pueden alejar de su propia humanidad a los usuarios demasiado activos".
Sin dudas el problema no son los medios sino el manejo que se le da a los mismos, con sus programas y contenidos. Los tradicionales personajes de heroicos policías, bomberos e investigadores de la televisión en blanco y negro han sido sustituidos por una variedad de protagonistas y tramas, que entre más sórdidas, oscuras y truculentas tratan de subsistir en el competido mercado. Revisemos parte de la oferta:
Los inescrupulosos cirujanos plásticos de “Nip/Tuck”; la madre de familia de “Weeds”, que termina vendiendo marihuana a sus vecinos para mantener el nivel de vida al que estaba acostumbrada antes de enviudar; “Dexter”, “el asesino encantador”, y The Shield, un equipo de asalto de policías corruptos, que utiliza la violencia, el robo, la extorsión e incluso el asesinato para llevar a cabo su labor en las calles.
Y para no ir más lejos, en nuestro país, dramatizados como “El cartel de los Sapos”, libreteado por un narcotraficante arrepentido; “Regreso a la Guaca” o “Inversiones ABC”, en donde, escondidos en una presunta ficción, se validan comportamientos ilícitos, con la excusa de que en el último capítulo los responsables irán a la cárcel o morirán en su ley.
Los defensores de esos espacios dicen que son “el espejo de la sociedad” y uno se pregunta si no será más bien que, por conseguir sintonía, a como de lugar, dichas series las basan en espejos, pero rotos, sucios y empañados.
Como asegura el sociólogo español Manuel Castells: "En una cultura de medios en la que la violencia y el sufrimiento se convierten en un espectáculo sin fin, ya sea en la ficción o en el contenido de los programas, se instala gradualmente la indiferencia ante la visión del sufrimiento humano".
miércoles, 15 de abril de 2009
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