viernes, 3 de octubre de 2008

Los niños no son el futuro

Por Juan Antonio Ruiz Romero, octubre 2

A pesar de su corta edad, Luis Santiago Lozano era uno de los 18 millones 260 mil niños y niñas colombianos para los cuáles se expidió en noviembre de 2006, la nueva Ley de Infancia y Adolescencia.

Según la abogada Beatriz Linares, una de las promotoras desde la Alianza por la Niñez, la nueva ley aspiraba a convertir en sujetos de derechos a más de 2.8 millones de niños y niñas en edad escolar por fuera del sistema educativo, a 2.7 millones de niños y niñas explotados laboralmente; a 2.5 millones que viven en situación de miseria e indigencia, a cerca de 100 mil que se crecen en las instituciones de protección por abandono o peligro; a alrededor de 10 mil utilizados y reclutados por los grupos armados al margen de la ley; a unos 18 mil adolescentes infractores; a 14 mil niños y niñas víctimas cada año de delitos sexuales; a más de 11 mil niños y niñas maltratados en sus espacios familiares y escolares y a los 9 niños y niñas que mueren cada día en Colombia en forma violenta.

Nueve niños y niñas cada día. O sea que, al lado del caso de Luis Santiago que, por obvias razones, mereció todo el despliegue informativo y hasta visita presidencial a la familia, otros ocho niños y niñas “se nos van al cielo” cada día, sin que merezcan una reseña, una mirada, una lágrima.

Si miramos lo que representan esas cifras, tenemos que concluir que, en Colombia, “los niños no son el futuro”, porque ni siquiera les estamos garantizando el presente.

El artículo 44 de la Constitución colombiana establece: “Son derechos fundamentales de los niños: la vida, la integridad física, la salud y la seguridad social, la alimentación equilibrada, su nombre y nacionalidad, tener una familia y no ser separados de ella, el cuidado y amor, la educación y la cultura, la recreación y la libre expresión de su opinión. Serán protegidos contra toda forma de abandono, violencia física o moral, secuestro, venta, abuso sexual, explotación laboral o económica y trabajos riesgosos. Gozarán también de los demás derechos consagrados en la Constitución, en las leyes y en los tratados internacionales ratificados por Colombia.
La familia, la sociedad y el Estado tienen la obligación de asistir y proteger al niño para garantizar su desarrollo armónico e integral y el ejercicio pleno de sus derechos. Cualquier persona puede exigir de la autoridad competente su cumplimiento y la sanción de los infractores. Los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás”.
Incluso nuestra norma constitucional fue más lejos y en el artículo 42 determina que “Los hijos habidos en el matrimonio o fuera de él, adoptados o procreados naturalmente o con asistencia científica, tienen iguales derechos y deberes.”
Lástima que Luis Santiago y los otros ocho niños y niñas que mueren a diario por hechos violentos en Colombia y los millones que sufren todo tipo de tropelías, desconozcan, en su mayoría, las buenas normas escritas y aprobadas por los adultos para proteger los derechos de infantes y adolescentes.
Nuevas andanzas del Quijote

Por Juan Antonio Ruiz Romero, septiembre 25

Nos cuenta la página de Internet de BBC Mundo, que Don Quijote, el inolvidable personaje literario viajó “de La Mancha a los Andes, gracias a la organización no gubernamental española 'Un mundo amigo', que puso en marcha, por segundo año consecutivo, el rodaje de la serie de televisión sobre la vida del hidalgo en tierras latinoamericanas”.
La producción está titulada 'En un lugar del planeta' como homenaje al conocido comienzo de la novela de Miguel de Cervantes.

El seriado se propone mostrar a niños de España y América Latina los diferentes tipos de vida que llevan los más pequeños en lugares como Guatemala, Perú y Colombia, a través de las aventuras y la visión del caballero andante, que en esta ocasión viaja, no a caballo, sino a bordo de un autobús llamado, como su corcel, Rocinante.

De inmediato, empecé a imaginarme lo que podría ser esa presencia sorprendente y maravillosa de Don Quijote por algunas ciudades colombianas. “Una monedita, por favor” sería lo primero que le pedirían algunas personas, al ver la cara de europeo del ilustre visitante. Luego, al darse cuenta que el emblemático personaje no carga ni un real, le darán la espalda, sin siquiera preguntarle las razones de su visita.

Mientras camina por la plaza central, mirando la iglesia y las construcciones cercanas, personal uniformado de la unidad de Espacio Público se le acerca y le pide su licencia o permiso para caminar disfrazado por las calles de la ciudad y comprobante autenticado del diploma que lo acredita como Teatrero o Actor Protagónico.
–Debe ser uno de esos que nos mandan de otra ciudad - asegura el guardacalles y ante el silencio del personaje, le pide que se retire del lugar. El paro judicial lo salvó de ser llevado ante un juzgado de garantías por “escándalo en vía pública”. Al fin y al cabo, esas mallas pegadas al cuerpo, son bastante sospechosas y de mal gusto.

Algunas cuadras más adelante, Don Quijote se encuentra con alguna familia acogedora y hospitalaria, que a pesar de no creerle el cuento de que es un caballero del medioevo, que busca a su enamorada Dulcinea, lo recibe con un plato de sopa caliente, arepa con mantequilla, calentao de fríjoles y una taza de café con leche.

Después de despedirse, intercambiar los números de sus teléfonos móviles y de prometer volver a verse, aquí o en las llanuras manchegas, el caballero continúa su recorrido. De repente, un motorizado de tránsito ordena detener a Rocinante. Revisa los documentos y resulta que carece de Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito contra Molinos de Viento, SOATMOV, y le inmovilizan el vehículo.

Don Quijote, entre molesto y confundido, empieza a deambular por las calles y en una esquina, salteadores de caminos le quitan la armadura, el escudo y la espada, que luego venden por kilos, en una chatarrería dedicada al reciclaje y que, desde hace algunos meses, se convirtió en empresa exportadora de cobre.

Desesperado, el hijo insigne de Don Miguel de Cervantes, se comunica con la embajada de España en Colombia y les pide colaboración para regresar a su país. En la delegación diplomática, le dicen que solo atienden de 8 de la mañana a 12 del día y que sería quijotesco ir si no cumple con todos los requisitos exigidos para otorgar las visas.

El ingenioso hidalgo, aburrido de tantos agravios y de tantos villanos, se embarca hacia la madre tierra. Sin embargo, al llegar allí, es detenido por tratar de ingresar a España con un pasaporte expedido en 1605, a nombre de un tal Alonso de Quijano. De inmediato, es deportado como cualquier inmigrante ilegal.