Dentro del estudio de prospectiva Visión Colombia, II Centenario 2019, se plantea un capítulo denominado “Construir Ciudades Amables”, en el cual se menciona que dentro de diez años, “cerca de 80% de la población colombiana vivirá en centros urbanos; y en estos se producirán transformaciones importantes de tipo económico, social y ambiental”.
De hecho, Risaralda, en este momento, ya cuenta con más del 88% de su población viviendo en las cabeceras urbanas. Y en el caso de Pereira, el 90% de los habitantes estamos distribuidos en 29 kilómetros cuadrados de zona urbana, que representan solo el 2,2% de la superficie total de 658 kilómetros cuadrados del municipio.
Según el documento de Planeación Nacional, “Las ciudades amables de 2019 darán acceso adecuado a servicios, equipamientos y espacio público a la totalidad de sus ciudadanos; facilitarán el desarrollo de actividades económicas locales y regionales; generarán los vínculos necesarios entre vivienda, lugar de trabajo y servicios; brindarán más oportunidades para la recreación y el esparcimiento; respetarán la identidad cultural y el medio ambiente, y permitirán la convivencia pacífica”.
El pequeño inconveniente es que Pereira, por su población, sus dinámicas sociales, económicas, culturales y comerciales; su localización y características de Ciudad-Región, no puede darse el lujo de esperar una década para avanzar en las metas definidas por el estudio de Prospectiva.
Por ello, se deben conocer y validar algunos esfuerzos mancomunados dirigidos a lograr que Pereira sea “una ciudad más amable”. Me refiero al trabajo de la administración municipal, FENALCO, la Carder y el concejal Juan Carlos Reinales que busca reducir los niveles de contaminación auditiva en los puntos más críticos.
Profesionales de la Carder y de la Dirección de Vigilancia y Control de Espacio Público emprendieron la labor de socialización, con los propietarios y administradores de los establecimientos comerciales, de las normas legales vigentes que prohíben el uso de cualquier tipo de perifoneo, parlantes y amplificadores para la actividad mercantil, ya que se consideran “elementos de contaminación sonora, que ocasionan pérdida paulatina de la audición; estrés, irritación, alteraciones en la conducta, dificultad para concentrarse y mantener un buen rendimiento laboral, hipertensión, taquicardia y hasta aumento del colesterol en la sangre”.
Esperemos que los negocios -sin necesidad de sanciones y con el propósito de tener una ciudad y un comercio más amable para los compradores- le bajen voluntariamente el volumen a sus parlantes o los apaguen, para que, como dice con ingenio y justificada razón, el presidente de la junta directiva de FENALCO, Germán Calle Zuluaga: “Que lo único que suene en los almacenes sea el sonido de las registradoras”.
jueves, 26 de febrero de 2009
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