Estratos torre, nube y cielo
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Con su visión y olfato empresarial, el presidente de la junta directiva de Camacol Risaralda Luis Fernando Ossa ha repetido en varias oportunidades su advertencia acerca de que el “boom” inmobiliario en Pereira y Dosquebradas puede terminar ocasionándoles dolores de cabeza y saldos en rojo a los mismos constructores. Hay experiencias que lo recuerdan, pero parece que ya se les olvidaron.
En la reciente publicación de la revista “Donde Vivir”, editada por el gremio de la construcción, el lector desprevenido puede sumergirse en un océano de proyectos, que muestran, por un lado, las tendencias, gustos y sueños de vivienda de unas personas; los costos de unos predios que superan, con largueza, los actuales estratos 5 y 6; y también, el perfil arribista y desbordado de algunos de los potenciales compradores.
Hay de todo. Ofertas de empresas buenas, regulares y de las otras. Eso sí, la mayoría de apartamentos, incluyendo los aparta-estudios, de más 100 millones de pesos, con metro cuadrado a casi 2 millones. O sea, precios similares a Bogotá y Medellín. Parcelaciones de 1.200 y 1.500 metros cuadrados, en donde sólo el lote vale entre 100 y 140 millones de pesos. Y casas, que se acercan con holgura, a los 200 millones.
Sorprenden las ofertas de “casas con arquitectura mexicana contemporánea”, con equinovía y caballerizas (¿será para evitar los trancones?); las casas inteligentes con chimenea y sendero ecológico; la “exclusiva torre de apartamentos de estilo minimalista y moderno” y proyectos arquitectónicos que, con el auge de las cirugías de todo tipo, ya no solo le venden a los médicos los consultorios, sino también los quirófanos.
Hay proyectos en dónde lo que no le venden a usted en metros cuadrados en su vivienda, lo quieren compensar con “amplias zonas verdes”, salón social, “servicios comunales”, piscina, canchas deportivas, terraza y hasta “lavandería”, cuando la verdad lo que ofrecen es un lavadero sencillo, de esos que antes tenían todas las casas. O los que ofrecen “apartamentos 100% terminados”, con lo que recuerdan a aquellas firmas constructoras que venden ciento por ciento a medias.
Un recorrido por los nombres de esos proyectos nos lleva al reencuentro con las raíces indígenas perdidas: Tanambí, Tacaragua, y Ocarí; otros tienen denominaciones sonoras y creativas: Bambusa, Atardeceres de Jaibaná, Olivar de los Vientos y Arco Iris de la Colina; mientras que unos más nos llevan a latitudes lejanas, llenas de colombianos que devengan en euros: Paseo de la Castellana, La Castilla, Villas de la Madrid, Rincón de Andalucía y hasta un condominio de estrato celestial: San Miguel Arcángel.
Y cómo no mencionar a los que quieren vender bodegas y locales, por analogía y sin pagar derechos de autor, usando el mismo nombre de afamados centros comerciales y de negocios del país.
En medio de esa explosión inmobiliaria, uno se pregunta qué tanto está preparada la ciudad para asumir centenares de nuevas viviendas, con uno y dos parqueaderos para cada casa, pero sin vías internas, y sobre las principales avenidas. Y que decir de las dinámicas y flujos vehiculares de los nuevos centros comerciales.
No quisiera imaginarme el trancón que se va a generar sobre la Avenida 30 de agosto una vez abra sus puertas el Centro Comercial Unicentro y se ocupen las casas y apartamentos que se construyen bajo su sombra protectora.
O lo que serán los conflictos viales en el Complex Circunvalar de la calle 14, en donde anuncian “amplias zonas de parqueaderos” o en el Centro Comercial Alameda, que publicita, sin recato, que tendrá capacidad para dos mil automóviles.
En esos temas, el municipio y las curadurías no pueden quedarse sólo otorgando licencias y aplaudiendo las inversiones del capital privado. Hay que fijar directrices y hacerlas cumplir, para que no se repita lo del Centro Comercial Bolívar Plaza, que prefirió construir almacenes hasta el borde de los andenes, en lugar de bahías para los taxis, que hoy bloquean el tráfico por la octava y la novena.
Como advertía Lucas Ossa, prudencia, señores constructores, porque de pronto el “boom” les hace “pum”.
