Por Juan Antonio Ruiz Romero, agosto 12 de 2010
Tienen razón quienes aseguran que las vacaciones son, ante todo, un ejercicio de salud mental. Esos mismos personajes indican que no hay ningún dinero que pague el merecido descanso de un ser humano y cuestionan la costumbre de aquellos que prefieren las vacaciones en dinero, para atender deudas y compromisos. Y aunque se deben respetar las razones de cada uno, no hay nada como ese tiempo para usted mismo.
Durante el periodo vacacional no hay horarios ni relojes ni rutinas. Usted se levanta, y se acuesta, a su antojo. Se puede actualizar con los libros y música, que tenía pendiente. Sale con su pareja, su familia y amigos, sin estar pendiente de la hora del noticiero, de los titulares de prensa ni de los hechos de última hora. Con el respeto de mis colegas, las vacaciones son un tiempo estupendo para desconectarse de las noticias. Lo importante no es el último nombramiento o que dijo o que hizo Chávez, sino el estado del tiempo, para programar el día: en casa o al aire libre.
El problema más complejo reside en escoger a cuál de los estrenos cinematográficos se debe asistir o si lo más conveniente es volver a ver esa película inolvidable, que llevamos guardada en los estantes de la memoria y el corazón.
Hay otro componente que parece menor, pero que diferencia las vacaciones de cualquier otro momento del año. Allí no hay dietas, ni hábitos de comida saludable. Es cómo “alzarse la bata” en materia alimenticia. Usted puede comer frituras, harinas, tortas, postres y helados, sin ninguna clase de remordimientos, ni los pesados cargos de conciencia que nos muestra la balanza.
Después de ser puntuales, rigurosos, exigentes y dedicados durante las 50 semanas restantes del año, durante la temporada vacacional disfrutamos de una especie de irresponsabilidad paga. No hay citas, reuniones interminables ni invitaciones por compromiso. Solo la absoluta plenitud que ofrecen una hamaca, una mecedora o un colchón inflable dentro de una piscina.
Además, sino uno sale de la ciudad, parece que esa relación, a veces tirante, a veces difícil con nuestro entorno, se suavizara y regresáramos con ojos enamorados. La bulla, el desorden vial, la congestión de las calles, se convierten, con una mirada afectuosa, en parte de nuestra acogedora -aunque caótica- identidad. Eso sí, el encanto se desvanece con el paso de los días y una semana después, la refrescante catarsis mental de las vacaciones, queda sepultada por las avalanchas de la cotidianidad.
Por eso, presento excusas esta semana a mis lectores, pero es que sentía la necesidad de escribir una columna de transición, que me permitiera, aunque fuera de a poquitos, reconectarme con el día a día, ya que me siento incapaz de asumir, de un solo tirón, los ires y venires de nuestra realidad. Tal vez estoy agotado, susceptible, impactado. O quizás estoy cansado y mi cuerpo me exige unas vacaciones.
miércoles, 18 de agosto de 2010
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