Por Juan Antonio Ruiz Romero
El reciente lanzamiento en Pereira del canal Región Colombia Internacional; el tercer triunfo consecutivo conseguido por una empresa de Parquesoft Pereira en la Competencia Talento e Innovación, TIC de las Américas; la jornada cívica de Pereira sin basuras y la apertura del centro comercial Unicentro nos invitan a una reflexión sobre cuál es la ciudad que tenemos y la que quisiéramos tener.
Por iniciativa y capacidad de gestión del profesional risaraldense Jorge Alberto Marín, tanto dentro del país como en el exterior ya se recibe la señal de Región Colombia Internacional, un canal que emite una selección de las mejores producciones de los ocho canales regionales del país y que se convierte, a través del satélite, en un contacto directo para los miles de andariegos nuestros que están viviendo en Norteamérica y Europa occidental.
“Es el medio para ver lo que somos como cultura, como sociedad y a la vez, un ancla con el país para los que se fueron” asegura el ex gerente de Telecafé. Sin dudas una apuesta televisiva audaz que podría ser, de carambola, la primera acción concreta de política pública frente al fenómeno migratorio.
Y mientras uno piensa en el sombrero “vueltiao”, el cuadro del Sagrado Corazón, los cultivos de café, la “chiva” y aquellas imágenes de nuestra identidad nacional, descubre, sin mayor esfuerzo, que los deportistas de alto rendimiento, los artistas, los empresarios talentosos e innovadores como Duto Ingeniería, MLC Tecnología Educativa e Íkono, los investigadores, los científicos, nuestros verdaderos doctores, tienen que convertirse en esa imagen sólida, vital y que habla por si sola de la región y del país.
En el mismo sentido, el tan referenciado civismo de los pereiranos, no puede quedarse en el nostálgico recuerdo de los abuelos y en la manida disculpa de todas las obras que construimos solidarios, en convites, sin necesidad de la ayuda de los poderes central y de Caldas. El comportamiento cívico y amoroso con la ciudad debe ser la impronta de los hijos de Pereira y compartirlo en generosas transfusiones a todos los que llegan y se asientan en nuestro territorio.
Por ello es tan importante que con las grandes superficies: Carrefour, Éxito, La 14, Al Kosto, Home Center, Makro y la explosión desmesurada de centros comerciales: Bolívar Plaza, Victoria Centro Comercial, Pereira Plaza, Cómplex Circunvalar, Alameda y Unicentro redefinamos nuestro perfil de ciudad. Sin dudas hay una fuerte e innegable vocación comercial, pero uno se pregunta si eso es suficiente para dinamizar la economía. Y aunque los centros comerciales ofrecen, como en el caso de Unicentro generosas áreas para caminar y para el encuentro, esa responsabilidad no se la podemos entregar solo a los particulares, sino le corresponde a las administraciones públicas garantizar espacios públicos para el disfrute colectivo de los ciudadanos.
Lo primero que dice un recién llegado a Pereira es cómo está la ciudad de grande, de desarrollada, con tantos proyectos inmobiliarios y comerciales. Y tienen razón. Sin embargo, debemos buscar que esos proyectos respondan a esa incipiente identidad que tratamos de rescatar, para que no seamos solo un rincón más del planeta, con centros comerciales clonados y grandes superficies calcadas, en donde cada góndola, cada estantería y cada producto se encuentran en el mismo sitio.
¡Qué bueno que seamos globales, pero sin perder la esencia que nos hace diferentes!
miércoles, 17 de junio de 2009
Nosotros, los informales
Por Juan Antonio Ruiz Romero, jueves 11 de junio
Tal vez por las mismas razones en que dividimos el mundo en buenos y malos, en ricos y pobres, en grandes y pequeños, hace algún tiempo se acuñó en el lenguaje coloquial la diferenciación entre formales e informales.
Al principio, a uno le decían en la escuela que los formales eran los niños que se quedaban sentados juiciosos en clase, no se movían, no preguntaban, no hablaban con el vecino y copiaban todo lo que les dictaba la profesora. Poco a poco, uno se va dando cuenta que la formalidad tiene otras acepciones. -¡Qué señor tan formal!, dicen como sinónimo de una persona atenta, caballerosa y honorable, así no tenga registro mercantil.
Después nos enteramos que el 95 por ciento de las actividades económicas de nuestra región son consideradas informales porque, dado su tamaño, permanencia en el mercado o composición organizacional, no cumplen con una serie de requisitos para ser considerados parte de la economía formal.
Y dentro de ese sector productivo, reconocido, legal y formalizado, uno se encuentra con sorpresa, con varias empresas en donde lo primero que le preguntan a quien solicita un bien o un servicio, es si necesitan o no factura, por aquello de la contabilidad paralela. ¿Al fin qué, formales o informales? ¿Legales o ilegales?
De otro lado, y a pesar del discurso según el cual, “de eso tan bueno no dan tanto”, personas de distintos estratos llevaron su dinero a captadoras ilegales que ofrecían jugosos rendimientos. Muchos pensaban sólo en D.R.F.E. y D.M.G. Pero, la reciente intervención de las firmas Su inversión y Gran Valor en Pereira que habían captado alrededor de 20 mil millones de pesos, “de personas de alto perfil económico y social”, a quienes se les había olvidado, tal vez por descuido, declarar esos recursos y más bien colocarlos en un mercado extrabancario, nos demuestra la informalidad de la economía, en donde solo un 7,5% de colombianos tiene acceso al sector bancario tradicional.
Ahora, las reacciones, entre preocupadas y destempladas, que generó en Pereira, el reciente informe del DANE sobre desempleo en las Áreas Metropolitanas del país, nos puso de nuevo a analizar las características del empleo que se busca, se ofrece y se ejerce en nuestros municipios y la calidad del mismo.
A la tasa del 19,7% de la desocupación formal que se registra en Pereira, se debe agregar el porcentaje de empleo informal o subempleo, que supera el 30% y representa a los colombianos que se sienten insatisfechos con las condiciones laborales actuales o que laboran en una actividad que consideran temporal, mientras consiguen una mejor o más acorde con su capacitación y sus expectativas.
Así que entre los desocupados formales y los empleados en la informalidad, superamos la mitad de la denominada Población Económicamente Activa del país. Como quién dice, uno de cada dos colombianos, en edad de trabajar, está desempleado o forma parte de la denominada economía informal.
Luego de revisar esos datos, me da la impresión que hemos sido demasiado formales en el manejo de una cantidad de hechos, comportamientos y realidades que nos demuestran el grado de informalidad en que vivimos.
Tal vez por las mismas razones en que dividimos el mundo en buenos y malos, en ricos y pobres, en grandes y pequeños, hace algún tiempo se acuñó en el lenguaje coloquial la diferenciación entre formales e informales.
Al principio, a uno le decían en la escuela que los formales eran los niños que se quedaban sentados juiciosos en clase, no se movían, no preguntaban, no hablaban con el vecino y copiaban todo lo que les dictaba la profesora. Poco a poco, uno se va dando cuenta que la formalidad tiene otras acepciones. -¡Qué señor tan formal!, dicen como sinónimo de una persona atenta, caballerosa y honorable, así no tenga registro mercantil.
Después nos enteramos que el 95 por ciento de las actividades económicas de nuestra región son consideradas informales porque, dado su tamaño, permanencia en el mercado o composición organizacional, no cumplen con una serie de requisitos para ser considerados parte de la economía formal.
Y dentro de ese sector productivo, reconocido, legal y formalizado, uno se encuentra con sorpresa, con varias empresas en donde lo primero que le preguntan a quien solicita un bien o un servicio, es si necesitan o no factura, por aquello de la contabilidad paralela. ¿Al fin qué, formales o informales? ¿Legales o ilegales?
De otro lado, y a pesar del discurso según el cual, “de eso tan bueno no dan tanto”, personas de distintos estratos llevaron su dinero a captadoras ilegales que ofrecían jugosos rendimientos. Muchos pensaban sólo en D.R.F.E. y D.M.G. Pero, la reciente intervención de las firmas Su inversión y Gran Valor en Pereira que habían captado alrededor de 20 mil millones de pesos, “de personas de alto perfil económico y social”, a quienes se les había olvidado, tal vez por descuido, declarar esos recursos y más bien colocarlos en un mercado extrabancario, nos demuestra la informalidad de la economía, en donde solo un 7,5% de colombianos tiene acceso al sector bancario tradicional.
Ahora, las reacciones, entre preocupadas y destempladas, que generó en Pereira, el reciente informe del DANE sobre desempleo en las Áreas Metropolitanas del país, nos puso de nuevo a analizar las características del empleo que se busca, se ofrece y se ejerce en nuestros municipios y la calidad del mismo.
A la tasa del 19,7% de la desocupación formal que se registra en Pereira, se debe agregar el porcentaje de empleo informal o subempleo, que supera el 30% y representa a los colombianos que se sienten insatisfechos con las condiciones laborales actuales o que laboran en una actividad que consideran temporal, mientras consiguen una mejor o más acorde con su capacitación y sus expectativas.
Así que entre los desocupados formales y los empleados en la informalidad, superamos la mitad de la denominada Población Económicamente Activa del país. Como quién dice, uno de cada dos colombianos, en edad de trabajar, está desempleado o forma parte de la denominada economía informal.
Luego de revisar esos datos, me da la impresión que hemos sido demasiado formales en el manejo de una cantidad de hechos, comportamientos y realidades que nos demuestran el grado de informalidad en que vivimos.
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