miércoles, 2 de junio de 2010

Lo que cuesta tener un ministro

Por Juan Antonio Ruiz Romero

En los medios de comunicación no lo quieren. En Bogotá se ha ganado un espacio en ese mundo cerrado y peligroso que se conoce como la alta política. En Pereira, tanto los que lo conocen de tiempo atrás como los que no, han denigrado de sus decisiones, las cuales consideran más cercanas al trapecismo que a la ortodoxia liberal.

Quedan muy pocas trazas del que fuera joven seguidor de Luis Carlos Galán; impúber, pero valeroso columnista de La Tarde y El Espectador; brillante concejal del Nuevo Liberalismo; juicioso constitucionalista; el hombre de mostrar de la nueva generación política pereirana; el heredero de César Gaviria; el que como presidente de la Cámara votó en contra de la absolución de Samper; el inquieto precandidato presidencial de 2006.

Desde que se rasuró el bigote, que en su juventud le permitió parecer mucho más maduro; el ex senador Rodrigo Rivera Salazar se transformó. Quizás su permanencia de un año en los Estados Unidos, lo convirtió en un ser pragmático, menos idealista, que piensa más en su proyección y en sus metas personales.

A su regreso al país, el abogado unilibrista, se dedicó a promover la tesis obduliana del “estado de Opinión” para justificar el referendo reeleccionista, en abierta contradicción con lo que aprendió de sus profesores de Derecho Constitucional.

Durante una visita a finales de 2009 a Pereira, el recién graduado en locuacidad uribista aseguró que “era necesario encontrar al responsable político de los falsos positivos” y cuando le preguntaron si era el Presidente Uribe, Rivera dijo que “No, sino el Ministro de Defensa Juan Manuel Santos.”

Para cualquier otra persona ese hubiera sido un paso al vacío. Para Rivera no. Conocido el fallo de inexequibilidad del referendo reeleccionista por parte de la Corte Constitucional y una vez en firme la candidatura presidencial de Juan Manuel Santos por el Partido de La U. el dirigente pereirano fue designado Director Político de la campaña. Ni siquiera el ofrecimiento de ser candidato presidencial del Partido de Integración Nacional, PIN, lo iba a desviar de su objetivo principal.

Con pulso de relojero y toda su sapiencia de 12 años como congresista, Rivera se dedicó a aceitar la maquinaria del uribismo, acercando a los viejos conocidos del liberalismo, entre ellos sus ex compañeros Germán Aguirre, Juan Carlos Valencia y Diego Patiño; así como a congresistas, diputados y concejales de todo el país.

En las huestes victoriosas de La U. se da como un hecho la designación de Rodrigo Rivera Salazar como Ministro del Interior y Justicia, apenas se cumpla el partido de trámite de la segunda vuelta, y como reconocimiento a la “actitud seria, comprometida y desinteresada con la campaña de Santos”.
Con cierto sarcasmo, un amigo me decía que se imaginaba en agosto próximo, a todos los que hablaron mal de Rivera durante el último año, haciendo cola para saludarlo y brindarle sus respetos, cuando lo nombren ministro del despacho. No importa cómo. Al fin, un ministro pereirano.

Yo quiero un presidente…

Por Juan Antonio Ruiz Romero, jueves 27 de mayo de 2010

Varias personas se preguntan si fueron las encuestas de intención de voto las que terminaron polarizando a los colombianos entre las candidaturas de Santos y Mockus; o si, es el país mismo, luego de ocho años de uribismo, el que experimenta esa radicalización de fuerzas, en donde no caben los puntos medios. Yo me inclinó más por lo segundo.

Pero, para no caer en el juego de los buenos y los malos; los partidarios del gobierno y la oposición y en los calificativos de “apátridas”, a quienes expresen opiniones diferentes, entregaré algunas de las características que, en mi concepto particular, deberá tener el nuevo presidente de Colombia.

Yo quiero un presidente inteligente, estructurado, conocedor de la realidad nacional y que se atreva a proponer soluciones creativas, a problemas de gran impacto social como la pobreza, el desempleo, la penetración del narcotráfico en la sociedad y la calidad de la salud, la educación y los servicios domiciliarios.

Yo quiero un presidente que cumpla la Constitución y las leyes y no termine adecuando las normas para beneficio personal, así cuente con altos niveles de popularidad.

Yo quiero un gobierno de mentes abiertas, en donde se construyan políticas públicas con la participación ciudadana y de las organizaciones de la sociedad civil.

Yo quiero un gobierno en donde la mujer no sea un adorno, sino un actor social con propuestas, inquietudes y responsabilidades.

Yo quiero un gobierno en donde los recursos públicos sean sagrados, en donde los impuestos y las inversiones se manejen con pulcritud y en donde se cierren las puertas a la corrupción.

Yo quiero un gobierno en donde se focalicen los dineros del Estado para superar las desigualdades sociales y no para aumentarlas con subsidios a los más ricos, en detrimento de los más pobres.

Yo quiero un Estado colombiano, con una justicia fuerte y un gobierno sensible con el dolor de las víctimas y no cómplice de los victimarios.

Yo quiero un presidente sin temor a la crítica, acostumbrado a escuchar a los demás, a trabajar en equipo y a tomar decisiones, por impopulares que ellas sean.

Yo quiero un presidente con ética pública, que diga la verdad, que acepte sus errores y sea capaz de corregirlos.

Yo quiero un presidente comprometido con la defensa de la vida de las personas y para quien los derechos humanos sean más importante que las recompensas para eliminar al enemigo.

Yo quiero un presidente con mirada y comportamientos transparentes.

¿Será mucho pedir?