Por Juan Antonio Ruiz Romero
En los medios de comunicación no lo quieren. En Bogotá se ha ganado un espacio en ese mundo cerrado y peligroso que se conoce como la alta política. En Pereira, tanto los que lo conocen de tiempo atrás como los que no, han denigrado de sus decisiones, las cuales consideran más cercanas al trapecismo que a la ortodoxia liberal.
Quedan muy pocas trazas del que fuera joven seguidor de Luis Carlos Galán; impúber, pero valeroso columnista de La Tarde y El Espectador; brillante concejal del Nuevo Liberalismo; juicioso constitucionalista; el hombre de mostrar de la nueva generación política pereirana; el heredero de César Gaviria; el que como presidente de la Cámara votó en contra de la absolución de Samper; el inquieto precandidato presidencial de 2006.
Desde que se rasuró el bigote, que en su juventud le permitió parecer mucho más maduro; el ex senador Rodrigo Rivera Salazar se transformó. Quizás su permanencia de un año en los Estados Unidos, lo convirtió en un ser pragmático, menos idealista, que piensa más en su proyección y en sus metas personales.
A su regreso al país, el abogado unilibrista, se dedicó a promover la tesis obduliana del “estado de Opinión” para justificar el referendo reeleccionista, en abierta contradicción con lo que aprendió de sus profesores de Derecho Constitucional.
Durante una visita a finales de 2009 a Pereira, el recién graduado en locuacidad uribista aseguró que “era necesario encontrar al responsable político de los falsos positivos” y cuando le preguntaron si era el Presidente Uribe, Rivera dijo que “No, sino el Ministro de Defensa Juan Manuel Santos.”
Para cualquier otra persona ese hubiera sido un paso al vacío. Para Rivera no. Conocido el fallo de inexequibilidad del referendo reeleccionista por parte de la Corte Constitucional y una vez en firme la candidatura presidencial de Juan Manuel Santos por el Partido de La U. el dirigente pereirano fue designado Director Político de la campaña. Ni siquiera el ofrecimiento de ser candidato presidencial del Partido de Integración Nacional, PIN, lo iba a desviar de su objetivo principal.
Con pulso de relojero y toda su sapiencia de 12 años como congresista, Rivera se dedicó a aceitar la maquinaria del uribismo, acercando a los viejos conocidos del liberalismo, entre ellos sus ex compañeros Germán Aguirre, Juan Carlos Valencia y Diego Patiño; así como a congresistas, diputados y concejales de todo el país.
En las huestes victoriosas de La U. se da como un hecho la designación de Rodrigo Rivera Salazar como Ministro del Interior y Justicia, apenas se cumpla el partido de trámite de la segunda vuelta, y como reconocimiento a la “actitud seria, comprometida y desinteresada con la campaña de Santos”.
Con cierto sarcasmo, un amigo me decía que se imaginaba en agosto próximo, a todos los que hablaron mal de Rivera durante el último año, haciendo cola para saludarlo y brindarle sus respetos, cuando lo nombren ministro del despacho. No importa cómo. Al fin, un ministro pereirano.
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