miércoles, 7 de mayo de 2008

“Esculpiendo su joven historia”

Por Juan Antonio Ruiz Romero

En los Estados Unidos, los estudiantes de cuarto y quinto grado de primaria tienen dentro de su pénsum académico una visita obligatoria a Washington, la capital de la Unión Americana. No importa que vivan en la Florida, en California, en Texas o en Nevada, niños y niñas de 9 y 10 años conocen el Acta de la Independencia, visitan el Museo de la Historia Americana, el Capitolio y la Casa Blanca, recorren los principales monumentos en memoria de sus personajes más ilustres y se acercan a las raíces de su cultura e identidad. Un viaje al interior de una democracia, que está más allá de personajes polémicos como Richard Nixon o George W. Bush y que trasmite a los visitantes la esencia de una nacionalidad y un estilo de vida, bueno o malo, pero propio.

Aquí, a duras penas nuestros niños, niñas y jóvenes saben como se llaman el gobernador o el alcalde municipal, y eso porque les tocó responder el cuestionario para alguna tarea. Con muy pocas excepciones, no conocemos quiénes han formado parte de nuestra historia local. En la Emisora Cultural de Pereira, algunos oyentes, y no sólo los más jóvenes, pensaban que “Remigio Antonio Cañarte” era el gerente de la estación radial.

Para los más avispados, “Gonzalo Vallejo Restrepo” es el nombre del auditorio de la Gobernación de Risaralda; “Oscar Vélez Marulanda” se llama el recinto de sesiones de la Asamblea departamental y “Jaime Salazar Robledo” será el nombre del colegio de la Ciudadela Tokio. Pero nadie sabe quiénes fueron esos señores y la importancia que tuvieron para la creación del departamento de Risaralda.

Estamos en deuda con la historia. Si seguimos así, “Emiliano Isaza” va a ser un plan de vivienda; “César Gaviria”, un puente atirantado; “Alberto Mesa Abadía”, un edificio patrimonial; “Jorge Roa”, un auditorio y “Enrique Millán Rubio”, una escuelita.

Y los hechos, las gestiones, las angustias, los discursos, los sueños frustrados y las esperanzas de esos seres humanos quedarán, víctimas del terremoto del olvido, reemplazados por un ladrillo, una placa, un aula, un par de libros de entrevistas y un recuerdo incompleto.

La identidad de un pueblo, de una comunidad, de un territorio, exige el reconocimiento de sí mismo, de sus razones, sus motivos profundos y la apropiación de la memoria histórica, del camino recorrido, de sus logros y derrotas, las alegrías y deudas.

Transcurridas cuatro décadas desde la creación del departamento de Risaralda y aprovechando que aún están vivas muchas de las viudas, familiares y allegados de quiénes lideraron la gesta cívica, es tiempo de pensar en el Museo de la Historia y la Política risaraldense. Un gran espacio abierto, interactivo y de innovación, en donde los estudiantes, los visitantes, los ciudadanos puedan reconocerse y enterarse de los hechos, protagonistas, intereses, antagonismos y circunstancias que rodearon la separación de los departamentos de Quindío y Risaralda, del Gran Caldas.

Más que el concepto de museo con olor a alcanfor, se debe crear un espacio vivo, de interacción con la historia y esas personas que fueron capaces de forjarla.

Por estas fechas en que se encuentran discutiendo el Plan de Desarrollo del departamento para los próximos cuatro años, vale la pena recordar que en muchos países del mundo, incluyendo varios de América Latina como México, Perú, Costa Rica y Brasil, se considera la identidad cultural como un elemento potenciador del desarrollo territorial.
Más que una vía, un puesto comunal, un andén o una sala de computadores, una sociedad trasciende, en la medida, en que los ciudadanos se sienten parte de una historia común, un origen compartido, una razón de ser. Es tiempo de establecer ese espacio colectivo, motivo de orgullo, “en jornada tenaz sin fatiga, y en función permanente de Patria”.
Un golazo a las palabras

Por Juan Antonio Ruiz Romero
Parecería insólito, pero el producto más vendido en la actual Feria Internacional del Libro que se cumple en Bogotá no es una autobiografía, ni una novela histórica, ni una selección de poemas eróticos. Ni siquiera uno de los acostumbrados “best sellers” de las editoriales sobre los narcos, paracos, secuestrados, prepagos o corruptos de moda.

No. El producto impreso que se vende como pan caliente, en el pabellón infantil y juvenil de la feria, es la colección de afiches, a todo color, de los más destacados jugadores de fútbol del mundo. Para leer solo trae el nombre del futbolista y vale únicamente 200 pesos.

Las filas de niños, niñas y jóvenes compradores eran tan largas, que a los demás expositores se les notaba la incomodidad y la molestia. Al fin y al cabo, a cualquiera, criado entre los épicos poemas de Homero, los textos de Lope de Vega, las novelas de Hemingway, los ensayos de Saramago, el realismo garciamarquiano y los reportajes de Germán Castro Caicedo, no le cabe en la cabeza que Kaká, Cristiano Ronaldo, Ronaldinho, Lionel Messi, Samuel Eto´o, Carlos Tévez, Thierry Henry, Andriy Shevchenko, Ruud van Nistelrooy e incluso, Ronaldo, sin los tres travestis que se llevó de rumba, fueran a ser más taquilleros que los Premios Nobel de Literatura.

Aquí se evidencian dos problemas: uno económico y el otro cultural. Aunque nos digan a los cuatro vientos que es necesario aumentar los índices de lectura en Colombia, ese objetivo, encomiable por lo demás, es difícil de cumplir si se analizan los precios de los libros. Una familia que reciba dos salarios mínimos al mes, difícilmente puede comprar un libro de cuarenta o 50 mil pesos, así sean muy interesantes, bien escritos y estén exentos de Iva. El problema es que cuando a una persona le toca escoger entre comprar el mercado y adquirir un libro, no le importa que la carátula sea en pasta dura y las hojas en papel de arroz.

El otro aspecto es el cultural. Por falta de identidad, desconocimiento de nuestros propios valores y un poco de esnobismo, desde tiempo atrás, nos parece que todo lo que llega de afuera es valioso, llamativo, digno de mérito y reconocimiento, mientras que a lo nuestro lo hacemos a un lado.

Y el fútbol no es la excepción. Mientras la globalización permite que los partidos de la Liga de Campeones de Europa y los goles del Real Madrid, el Manchester, el Milán, el Barcelona y el Chelsea se vean en directo y en los noticieros, los juegos de la Copa Colombia y los de la Primera B, ni siquiera merecen mención en los medios informativos nacionales. Como quién dice es más fácil saber la tabla de clasificación en la Liga Premier inglesa y la diferencia de puntos entre el Valencia y el Valladolid, que las anotaciones y las afugias del Real Cartagena, el Unión Magdalena o el Centauros. Por eso el temor de volverse invisibles, si el Deportivo Pereira desciende a la Primera B.

Algunos dirían que la diferencia radica en la calidad futbolística y la alta cotización internacional de los jugadores y clubes más renombrados de Europa. Otros mencionan que si la mayoría de equipos colombianos de la Primera A son tan irregulares en sus campañas, ni siquiera vale la pena mirar a los que vienen detrás. Eso sin recordar, las menciones reiteradas a los capitales oscuros y ilícitos que han circulado con abundancia en el fútbol profesional y aficionado en Colombia.

En medio de ese panorama, se entiende que nuestros niños y niñas conozcan más fácil a Fernando Torres, Marco Materazzi o Didier Drogba, que a la Ministra de Educación, al escritor Héctor Abad Faciolince o a Policarpa Salavarrieta. O que muchos piensen que la ministra de Cultura Paula Marcela Moreno es levantadora de pesas o corredora de cien metros planos.

Después no nos quejemos por el periodista que le preguntó al escritor bogotano Álvaro Mutis si esa era su primera visita a Colombia.