Un golazo a las palabras
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Parecería insólito, pero el producto más vendido en la actual Feria Internacional del Libro que se cumple en Bogotá no es una autobiografía, ni una novela histórica, ni una selección de poemas eróticos. Ni siquiera uno de los acostumbrados “best sellers” de las editoriales sobre los narcos, paracos, secuestrados, prepagos o corruptos de moda.
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Parecería insólito, pero el producto más vendido en la actual Feria Internacional del Libro que se cumple en Bogotá no es una autobiografía, ni una novela histórica, ni una selección de poemas eróticos. Ni siquiera uno de los acostumbrados “best sellers” de las editoriales sobre los narcos, paracos, secuestrados, prepagos o corruptos de moda.
No. El producto impreso que se vende como pan caliente, en el pabellón infantil y juvenil de la feria, es la colección de afiches, a todo color, de los más destacados jugadores de fútbol del mundo. Para leer solo trae el nombre del futbolista y vale únicamente 200 pesos.
Las filas de niños, niñas y jóvenes compradores eran tan largas, que a los demás expositores se les notaba la incomodidad y la molestia. Al fin y al cabo, a cualquiera, criado entre los épicos poemas de Homero, los textos de Lope de Vega, las novelas de Hemingway, los ensayos de Saramago, el realismo garciamarquiano y los reportajes de Germán Castro Caicedo, no le cabe en la cabeza que Kaká, Cristiano Ronaldo, Ronaldinho, Lionel Messi, Samuel Eto´o, Carlos Tévez, Thierry Henry, Andriy Shevchenko, Ruud van Nistelrooy e incluso, Ronaldo, sin los tres travestis que se llevó de rumba, fueran a ser más taquilleros que los Premios Nobel de Literatura.
Aquí se evidencian dos problemas: uno económico y el otro cultural. Aunque nos digan a los cuatro vientos que es necesario aumentar los índices de lectura en Colombia, ese objetivo, encomiable por lo demás, es difícil de cumplir si se analizan los precios de los libros. Una familia que reciba dos salarios mínimos al mes, difícilmente puede comprar un libro de cuarenta o 50 mil pesos, así sean muy interesantes, bien escritos y estén exentos de Iva. El problema es que cuando a una persona le toca escoger entre comprar el mercado y adquirir un libro, no le importa que la carátula sea en pasta dura y las hojas en papel de arroz.
El otro aspecto es el cultural. Por falta de identidad, desconocimiento de nuestros propios valores y un poco de esnobismo, desde tiempo atrás, nos parece que todo lo que llega de afuera es valioso, llamativo, digno de mérito y reconocimiento, mientras que a lo nuestro lo hacemos a un lado.
Y el fútbol no es la excepción. Mientras la globalización permite que los partidos de la Liga de Campeones de Europa y los goles del Real Madrid, el Manchester, el Milán, el Barcelona y el Chelsea se vean en directo y en los noticieros, los juegos de la Copa Colombia y los de la Primera B, ni siquiera merecen mención en los medios informativos nacionales. Como quién dice es más fácil saber la tabla de clasificación en la Liga Premier inglesa y la diferencia de puntos entre el Valencia y el Valladolid, que las anotaciones y las afugias del Real Cartagena, el Unión Magdalena o el Centauros. Por eso el temor de volverse invisibles, si el Deportivo Pereira desciende a la Primera B.
Algunos dirían que la diferencia radica en la calidad futbolística y la alta cotización internacional de los jugadores y clubes más renombrados de Europa. Otros mencionan que si la mayoría de equipos colombianos de la Primera A son tan irregulares en sus campañas, ni siquiera vale la pena mirar a los que vienen detrás. Eso sin recordar, las menciones reiteradas a los capitales oscuros y ilícitos que han circulado con abundancia en el fútbol profesional y aficionado en Colombia.
En medio de ese panorama, se entiende que nuestros niños y niñas conozcan más fácil a Fernando Torres, Marco Materazzi o Didier Drogba, que a la Ministra de Educación, al escritor Héctor Abad Faciolince o a Policarpa Salavarrieta. O que muchos piensen que la ministra de Cultura Paula Marcela Moreno es levantadora de pesas o corredora de cien metros planos.
Después no nos quejemos por el periodista que le preguntó al escritor bogotano Álvaro Mutis si esa era su primera visita a Colombia.

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