Una ración de música
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Jueves 17de Abril
El viernes pasado, la alcaldesa de Dosquebradas, que todavía ni es luz ni ensueño para sus ciudadanos, suscribió un convenio con el Ministerio de Cultura para crear la Banda Orquesta Municipal, que busca ofrecerles a los jóvenes, la música como una opción de vida, diferente a la droga y al delito.
Esa misma semana, una concejala de Pereira decía, con absoluta propiedad, que era partidaria de liquidar la Banda Sinfónica municipal, para que esos recursos se destinen a la compra de raciones alimenticias para los sectores más pobres. ¿Sensibilidad social o populismo? ¿Solidaridad o politiquería? Creo que un poquito de todo, incluyendo oportunismo y desconocimiento de la cita bíblica: “No solo de pan vive el hombre”.
Para algunos dirigentes, es más fácil pasarle cuenta de cobro a la comunidad por los almuerzos gratis o los complementos alimenticios. Para ellos, una orquesta, un violinista, un saxofonista, un virtuoso del oboe, no son rentables, no dan votos en el paupérrimo mercado de las minucias electorales.
Al fin y al cabo, no pueden regalarle “a sus líderes” dos docenas de sonatas para piano, seis kilos de música colombiana o tres litros de jazz latino. “Además a los músicos no los maneja nadie; de pronto, ni siquiera pagan la cuota mensual para sostener el directorio o, quizás, ni puedan ayudar con los trabajos de la finca” diría la concejala del movimiento “De corazón por Pereira”.
Sin embargo, más allá de esas percepciones personales y políticas, que respetamos así no estemos de acuerdo, existen referencias concretas de que la música es mucho más que los temas trillados que repiten la radio y los canales de televisión.
Experiencias como la Red de Escuelas de Música de las comunas de Medellín, que opera mediante convenio entre la alcaldía municipal y la Universidad de Antioquia, han demostrado que a través de la música –no solo la clásica o docta, sino la popular y la contemporánea- se pueden construir valores para la vida en comunidad, prevenir la violencia, promover la convivencia pacífica e integrar socialmente a sectores que habían sido excluidos política, histórica y culturalmente, de los procesos ciudadanos.
Veintiséis escuelas de música en las comunas de Medellín, con 4.200 alumnos entre los 7 y los 18 años han demostrado su impacto en las familias, en el entorno social y cultural y con resultados medibles en confianza, uso creativo del tiempo libre perseverancia, disciplina, inclusión, resolución pacífica de conflictos y construcción de capital social.
Pero ese no es el único experimento exitoso. La Corporación Andina de Fomento (CAF), la misma que asesora a Megabús para ser reconocido como mecanismo de Desarrollo Limpio ante Naciones Unidas y el protocolo de Kyoto, patrocina el programa “Acción Social por la Música, que promueve, patrocina y estimula esta disciplina entre los niños y los jóvenes menos favorecidos alrededor de los países andinos”.
En concepto de sicólogos y terapeutas: quien se acostumbra a tocar un instrumento musical, difícilmente empuñará un arma contra otro ser humano.
¿Será que la salida más viable es liquidar la Banda Sinfónica de Pereira y repartir “ese ahorro” para el municipio en leche saborizada y galletas? ¿O será que más bien construimos una política pública de cultura para la convivencia y el respeto, en donde la música, la lúdica, la pintura y las distintas manifestaciones artísticas, nos permitan identificarnos y reconocernos como sociedad?
Hace 5 mil años, los sumerios optaron por la segunda opción.

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