“Corazón partío”
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Esta semana, el periódico italiano “La Repubblica” informó que con el acelerado proceso de beatificación del papa Juan Pablo II, “la Iglesia polaca confía en que recibirá el corazón del pontífice, para que los fieles puedan venerar esa reliquia en la catedral de Cracovia”. La noticia me quedó sonando, porque yo pensaba -en mi ignorancia- que Colombia era el único sitio en dónde se partían las personas en pedacitos.
Me puse a averiguar y me enteré de que hace 20 siglos, antes de que se pusieran de moda las estrategias de mercadeo, de fidelización de clientes y el reconocimiento de marca, la entonces naciente Iglesia católica declaró los cuerpos de los mártires y de los santos como objeto de veneración. El recuerdo de esa persona que entregó su vida por la fe, fomentaba la devoción y el aumento de fieles. Las más importantes basílicas y templos se construyeron en el sitio del martirio o encima de las tumbas de esas figuras memorables de la cristiandad.
Lo que pasa es que se les fue la mano en la autorización y reconocimiento de esas reliquias. El auge progresivo de esa costumbre, llevó a que en la segunda mitad del siglo IV empezara la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos para repartirlos. Y es que según destacados teólogos de la época, así fuera un fragmento del cuerpo del santo conservaba sus virtudes y facultades milagrosas.
Por eso, entre las más particulares reliquias de la iglesia católica, que se guardan celosamente en catedrales, monasterios y museos aparecen la oreja de san Pedro, el brazo, el cabello, el hígado, el corazón, la lengua, la lágrimas y la leche materna de la Virgen María y una que no se la creen ni quienes se la inventaron: las plumas de las alas de los arcángeles Miguel y Gabriel.
En el caso de san Juan Bautista, no solo perdió la cabeza por orden de Herodes Antipas y para darle gusto a la vengativa Salomé, sino que a lo largo del tiempo y en distintos sitios, se le rinden culto a sus dedos. El problema es que son más de 60 los dedos del insigne predicador que se convirtieron en reliquia.
Con Jesús, el tema toma dimensiones sorprendentes. Aparecen guardadas en relicarios, las pajas del pesebre de Belén, los pañales del Niño Dios, y créanme, el Cuchillo con el que se circuncidó a Jesús y 14 versiones del Santo Prepucio… Cómo dirían las abuelitas: “¡Sagrado Rostro!”
Pero además, dentro de la oleada de reliquias católicas se promociona la cola del asno que cargó a Jesús a su entrada a Jerusalén el Domingo de Ramos, el Manto sagrado, las espinas de la Corona de Cristo, las astillas de la Cruz, que incluso sirvieron para que el teólogo protestante Juan Calvino dijera, en su habitual tono crítico a la jerarquía eclesiástica católica, que “con todas las astillas que habían aparecido de la Cruz se podría construir una flotilla de barcos”.
A los objetos reverenciados se suman varias mesas y manteles de la Última Cena y la toalla del lavatorio de pies, aunque no dicen si conserva su aroma original.
Llama la atención que el mismo San Agustín, en su momento, denunció a impostores vestidos como monjes que vendían reliquias falsas y el mismo Papa San Gregorio prohibió comerciar y falsificar esos elementos, al considerar que se utilizaban sólo para explotar a los ingenuos.
Nadie niega el buen corazón del papa Juan Pablo II, ni su amor profundo por los polacos. Pero, ¿acaso no serán suficientes los videos, fotografías, discursos, encíclicas y testimonio de vida? Dejen descansar tranquilo a Juan Pablo. Lo contrario sería un hecho descorazonador.

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