Por Juan Antonio Ruiz Romero
Como en otras ocasiones similares, incluyendo la vivida hace una década en el Eje Cafetero colombiano, el reciente terremoto de Haití nos permite conocer las más nobles y entrañables demostraciones de amor y solidaridad y, a la vez, dramáticos ejemplos de la miseria humana.
Sin dudas que los países del mundo entero, en la medida de sus posibilidades, se han movilizado para brindar su ayuda a, quienes desde antes del sismo, son parte de un acumulado de vergüenza universal por la situación de pobreza, abandono y desesperanza que impera en esa isla caribeña.
Algunos de los artistas más importantes de distintos géneros, incluyendo los colombianos, aportaron su talento en la búsqueda de la generosidad ciudadana. Por ello, en pueblos, ciudades y países se han visto maravillosos espectáculos de hermandad y desprendimiento.
La Cruz Roja volvió a movilizar millones de toneladas de ayuda humanitaria, mientras que organizaciones no gubernamentales como Médicos Sin Fronteras y Oxfam Internacional desplegaron su experiencia en ese tipo de catástrofes.
Iglesias de distintos cultos adelantaron campañas entre sus fieles para apoyar el proceso de reconstrucción, en donde el componente espiritual y anímico es tan importante como el restablecimiento físico.
Sin embargo, también estas tragedias de la naturaleza sirven para que los oportunistas de turno quieran aprovechar el dolor y la necesidad ajena. En lugar de verificar las obras inconsultas que estaban efectuando los presos de la parapolítica en la cárcel de La Picota, el ministro del Interior y Justicia Fabio Valencia Cossio se fue a Puerto Príncipe a arrojar mercados desde un helicóptero. El mismo presidente Uribe no resistió la tentación mediática de aparecer entre los escombros.
Pero, quién supera todos los límites de la decencia, es el señor Carlos Slim. El mismo a quién, hace algunos años, recibieron en Bogotá, con tapetes rojos, flores y músicos, como si fuera un jefe de Estado y pidiéndole - rogándole-, que comprara a la entonces Empresa Nacional de Telecomunicaciones, Telecom. Bueno, al fin y al cabo, dicen las revistas especializadas que es el segundo hombre más rico del mundo.
Resulta que el emblemático señor Slim, quién durante más de treinta años obligó a sus compatriotas mexicanos a pagar las tarifas de teléfono y más tarde, de celular más caras del mundo, por tener el monopolio del servicio en su país; ahora, en un gesto de generosidad infinita, convoca a sus paisanos a que por cada dólar que ellos donen para Haití, la fundación que lleva su nombre aportará una cifra similar.
Dice el evangelio de San Mateo que cuando des limosna, que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. En el caso de Slim, si es necesario que la derecha se entere para publicarlo ampliamente en los medios informativos y además, para conocer el monto de esas caritativas contribuciones, que por si las dudas, están libres de impuestos.
miércoles, 3 de febrero de 2010
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