“Esculpiendo su joven historia”
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Por Juan Antonio Ruiz Romero
En los Estados Unidos, los estudiantes de cuarto y quinto grado de primaria tienen dentro de su pénsum académico una visita obligatoria a Washington, la capital de la Unión Americana. No importa que vivan en la Florida, en California, en Texas o en Nevada, niños y niñas de 9 y 10 años conocen el Acta de la Independencia, visitan el Museo de la Historia Americana, el Capitolio y la Casa Blanca, recorren los principales monumentos en memoria de sus personajes más ilustres y se acercan a las raíces de su cultura e identidad. Un viaje al interior de una democracia, que está más allá de personajes polémicos como Richard Nixon o George W. Bush y que trasmite a los visitantes la esencia de una nacionalidad y un estilo de vida, bueno o malo, pero propio.
Aquí, a duras penas nuestros niños, niñas y jóvenes saben como se llaman el gobernador o el alcalde municipal, y eso porque les tocó responder el cuestionario para alguna tarea. Con muy pocas excepciones, no conocemos quiénes han formado parte de nuestra historia local. En la Emisora Cultural de Pereira, algunos oyentes, y no sólo los más jóvenes, pensaban que “Remigio Antonio Cañarte” era el gerente de la estación radial.
Para los más avispados, “Gonzalo Vallejo Restrepo” es el nombre del auditorio de la Gobernación de Risaralda; “Oscar Vélez Marulanda” se llama el recinto de sesiones de la Asamblea departamental y “Jaime Salazar Robledo” será el nombre del colegio de la Ciudadela Tokio. Pero nadie sabe quiénes fueron esos señores y la importancia que tuvieron para la creación del departamento de Risaralda.
Estamos en deuda con la historia. Si seguimos así, “Emiliano Isaza” va a ser un plan de vivienda; “César Gaviria”, un puente atirantado; “Alberto Mesa Abadía”, un edificio patrimonial; “Jorge Roa”, un auditorio y “Enrique Millán Rubio”, una escuelita.
Y los hechos, las gestiones, las angustias, los discursos, los sueños frustrados y las esperanzas de esos seres humanos quedarán, víctimas del terremoto del olvido, reemplazados por un ladrillo, una placa, un aula, un par de libros de entrevistas y un recuerdo incompleto.
La identidad de un pueblo, de una comunidad, de un territorio, exige el reconocimiento de sí mismo, de sus razones, sus motivos profundos y la apropiación de la memoria histórica, del camino recorrido, de sus logros y derrotas, las alegrías y deudas.
Transcurridas cuatro décadas desde la creación del departamento de Risaralda y aprovechando que aún están vivas muchas de las viudas, familiares y allegados de quiénes lideraron la gesta cívica, es tiempo de pensar en el Museo de la Historia y la Política risaraldense. Un gran espacio abierto, interactivo y de innovación, en donde los estudiantes, los visitantes, los ciudadanos puedan reconocerse y enterarse de los hechos, protagonistas, intereses, antagonismos y circunstancias que rodearon la separación de los departamentos de Quindío y Risaralda, del Gran Caldas.
Más que el concepto de museo con olor a alcanfor, se debe crear un espacio vivo, de interacción con la historia y esas personas que fueron capaces de forjarla.
Por estas fechas en que se encuentran discutiendo el Plan de Desarrollo del departamento para los próximos cuatro años, vale la pena recordar que en muchos países del mundo, incluyendo varios de América Latina como México, Perú, Costa Rica y Brasil, se considera la identidad cultural como un elemento potenciador del desarrollo territorial.
Más que una vía, un puesto comunal, un andén o una sala de computadores, una sociedad trasciende, en la medida, en que los ciudadanos se sienten parte de una historia común, un origen compartido, una razón de ser. Es tiempo de establecer ese espacio colectivo, motivo de orgullo, “en jornada tenaz sin fatiga, y en función permanente de Patria”.

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