Por Juan Antonio Ruiz Romero, jueves 11 de junio
Tal vez por las mismas razones en que dividimos el mundo en buenos y malos, en ricos y pobres, en grandes y pequeños, hace algún tiempo se acuñó en el lenguaje coloquial la diferenciación entre formales e informales.
Al principio, a uno le decían en la escuela que los formales eran los niños que se quedaban sentados juiciosos en clase, no se movían, no preguntaban, no hablaban con el vecino y copiaban todo lo que les dictaba la profesora. Poco a poco, uno se va dando cuenta que la formalidad tiene otras acepciones. -¡Qué señor tan formal!, dicen como sinónimo de una persona atenta, caballerosa y honorable, así no tenga registro mercantil.
Después nos enteramos que el 95 por ciento de las actividades económicas de nuestra región son consideradas informales porque, dado su tamaño, permanencia en el mercado o composición organizacional, no cumplen con una serie de requisitos para ser considerados parte de la economía formal.
Y dentro de ese sector productivo, reconocido, legal y formalizado, uno se encuentra con sorpresa, con varias empresas en donde lo primero que le preguntan a quien solicita un bien o un servicio, es si necesitan o no factura, por aquello de la contabilidad paralela. ¿Al fin qué, formales o informales? ¿Legales o ilegales?
De otro lado, y a pesar del discurso según el cual, “de eso tan bueno no dan tanto”, personas de distintos estratos llevaron su dinero a captadoras ilegales que ofrecían jugosos rendimientos. Muchos pensaban sólo en D.R.F.E. y D.M.G. Pero, la reciente intervención de las firmas Su inversión y Gran Valor en Pereira que habían captado alrededor de 20 mil millones de pesos, “de personas de alto perfil económico y social”, a quienes se les había olvidado, tal vez por descuido, declarar esos recursos y más bien colocarlos en un mercado extrabancario, nos demuestra la informalidad de la economía, en donde solo un 7,5% de colombianos tiene acceso al sector bancario tradicional.
Ahora, las reacciones, entre preocupadas y destempladas, que generó en Pereira, el reciente informe del DANE sobre desempleo en las Áreas Metropolitanas del país, nos puso de nuevo a analizar las características del empleo que se busca, se ofrece y se ejerce en nuestros municipios y la calidad del mismo.
A la tasa del 19,7% de la desocupación formal que se registra en Pereira, se debe agregar el porcentaje de empleo informal o subempleo, que supera el 30% y representa a los colombianos que se sienten insatisfechos con las condiciones laborales actuales o que laboran en una actividad que consideran temporal, mientras consiguen una mejor o más acorde con su capacitación y sus expectativas.
Así que entre los desocupados formales y los empleados en la informalidad, superamos la mitad de la denominada Población Económicamente Activa del país. Como quién dice, uno de cada dos colombianos, en edad de trabajar, está desempleado o forma parte de la denominada economía informal.
Luego de revisar esos datos, me da la impresión que hemos sido demasiado formales en el manejo de una cantidad de hechos, comportamientos y realidades que nos demuestran el grado de informalidad en que vivimos.
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