miércoles, 12 de agosto de 2009

Las ferias de mi pueblo

Por Juan Antonio Ruiz Romero

Hace algunas calendas, para darles la bienvenida a los muchachos que se convertían en hombres se les regalaban pantalones largos. Lo mismo pasaba con las jovencitas, que al asumir una nueva fase en sus vidas, dejaban de usar medias tobilleras y las cambiaban por medias largas.

Hay contradicciones tan profundas en el día a día de Pereira, que nos preguntamos si hoy somos como esos muchachitos de pantalón corto, que quieren ser grandes; o como esos jóvenes altos, inmensos de cuerpo y físico, pero con comportamientos inmaduros.

Cuándo usted recorre las calles, con pocas cuadras de diferencia, se encuentra con los contrastes de la ciudad dinámica, pujante, desarrollada -a las buenas o a las malas-, y, a la vez, con particularidades y costumbres de una cultura campesina, sobre la cual se cimentan sus 146 años de historia.

Hay barrios de la ciudadela Cuba que se parecen más a pueblos como Marsella o Santuario que a sectores de una ciudad. Y aunque, en primera instancia, uno podría concluir que somos un pueblo entusiasta con ínfulas de ciudad; la verdad, es que, como no hemos construido un proyecto colectivo e incluyente, tenemos pequeñas ciudades, territorios sueltos, pequeños enclaves, en donde cada quien trata de sobrevivir como pueda, en forma legal o ilegal.

Una prueba de esos son Tokio y El Remanso en donde residen los desplazados y los reubicados que ocupaban zonas de alto riesgo; El Plumón y San Nicolás con las comunidades negras; Berlín y Corocito con las bodegas de reciclaje y habitantes de la calle; los alrededores de la Avenida del Ferrocarril entre 9 y 10 que se parecen más a la zona de tolerancia de cualquier poblado, que a uno de los accesos principales de la Ciudad sin puertas.

Y de pronto, el caminante se encuentra con decisiones de ciudad grande que monta una estructura cubierta, con unidades sanitarias, para atender a los asistentes a los festejos aniversarios. Pero poco después, aparece la ciudad de pantalón corto y decisiones acomodadas e inmaduras, que otorga permiso para instalar unos improvisados y mal presentados puestos “para venta de artesanías”, en el Centro Cultural Lucy Tejada y en el parque de Banderas.

Esa Pereira, “gentil y bella llegada apenas su juventud”, se muestra infantil y de medias tobilleras, cuando usted ve al costado de uno de los más modernos centros comerciales, en donde invirtieron 40 mil millones de pesos, ventas de cebolla larga, tomates y habichuelas en la vía pública.

Algunos dirán que es un tema de estética y de buen gusto. Pero es que eso también se aprende. Lo tradicional, lo autóctono, lo propio se puede ofertar al ciudadano y al turista en un ambiente ordenado, limpio, sin contaminación auditiva.

Por lo pronto, bienvenidos a las fiestas del pueblito. Un pueblito del tamaño de sus dirigentes.

No hay comentarios: