Por Juan Antonio Ruiz Romero
Sin dudas es una imagen para la historia. Un momento que no se veía ni siquiera cuándo se posesionaron los últimos gobernadores de origen conservador. Todos a una, los más entrañables y veteranos representantes del partido se congregaron para librar una nueva batalla. Ojalá no sea la última.
A la cita de esta semana con el gobernador de Risaralda Víctor Manuel Tamayo asistieron, en pleno, una treintena de exponentes de la más pura esencia del ser conservador. De esos que ya no quedan muchos, dirían por ahí. Personas decentes, rectas, pulquérrimas, con profundas convicciones y criterios innegociables.
Llegaron unidos por el mismo objetivo, quienes bebieron de las fuentes patriarcales de José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez. Aquellos de las tendencias históricas del partido. Los que votaron por Guillermo León Valencia, Misael Pastrana, Evaristo Sourdís, Belisario Betancur, Álvaro Gómez Hurtado, Rodrigo Lloreda, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe.
Ese ilustre grupo, compuesto por las reservas morales de la colectividad, que están por encima del bien y del mal, exteriorizó con energía y caballerosidad su malestar por la llegada por la puerta de atrás y a través de los resquicios que dejó abierta la reforma política, de personas que nunca han pertenecido a la colectividad, ni por tradición, ni por filosofía, ni por militancia.
Ante la insigne presencia del notablato conservador que lo miraba expectante, el mandatario seccional se encontró con algunas dificultades para explicarles que él no tenía nada que ver con la llegada de Samy Merheg y Ricardo Valencia al partido, pero que, “dadas las nuevas circunstancias”, el conservatismo debía aprovechar el momento histórico para fortalecerse.
Esa última frase casi ocasiona un infarto colectivo. Una taquicardia azul y adolorida se tomó el recinto, en donde algunos se preguntaban si lo que habían oído era cierto, viniendo de los labios de la persona a la cual el partido le entregó el aval y la responsabilidad de defender los postulados históricos de la colectividad.
Uno de los mayores motivos de indignación colectiva de los oráculos conservadores fueron las declaraciones entregadas por el aspirante al Senado Samy Merheg al periódico La Tarde, en donde confesó, con cierta ingenuidad: “La verdad cuando fui a Bogotá a conocer el directorio nacional me gustó mucho lo que vi y tomé la decisión el mismo día” y cuando agrega las razones que lo llevaron a solicitar la inscripción en esa fuerza política: “Todos los conservadores saben quién es Samy Merheg, saben que es un padre de familia, que es una persona respetuosa, trabajadora, creyente, de alguna manera saben que mi forma de vida representa mucho los principios conservadores”.
La subrepticia llegada de Sammy Merheg y Ricardo Valencia al seno del partido, considerada normal y hasta bienvenida por las nuevas generaciones conservadoras, tuvo un efecto inesperado: despertó el indomable espíritu guerrero de los samurai conservadores que, otra vez, se declararon en pie de lucha.
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