jueves, 18 de noviembre de 2010

La sociedad civil desorganizada

Por Juan Antonio Ruiz Romero

En los diferentes ejercicios de reflexión de ciudad, que se propician desde muy variadas instancias, hay un tema reiterativo: la falta de capital social.

Según el Diccionario de Acción Humanitaria y Cooperación al Desarrollo: “Capital social es el conjunto de normas, redes y organizaciones construidas sobre relaciones de confianza y reciprocidad, que contribuyen a la cohesión, el desarrollo y el bienestar de la sociedad, así como a la capacidad de sus miembros para actuar y satisfacer sus necesidades de forma coordinada en beneficio mutuo. El capital social es un concepto de reciente y creciente aplicación en los estudios sobre el desarrollo. Se refiere a una realidad menos tangible que el capital humano (conocimientos) o el capital físico (bienes materiales), pero resulta también decisivo para la actividad productiva, la satisfacción de las necesidades personales y el desarrollo comunitario.”

Tal vez, nuestra joven historia de andariegos, acostumbrados de ir de un sitio a otro, de fundar pueblos en las laderas de las montañas, de “no vararse por los problemas” y de “salir adelante a pesar de las adversidades”, ha llevado a nuestra gente a ser valerosa y trabajadora, pero individualista; emprendedora y dedicada, pero egoísta.

Hubo momentos -que aún algunos siguen añorando- en que los pereiranos unieron sus fuerzas, a través de convites, festivales, marchas y empanadas, para construir el hospital, el aeropuerto Matecaña, la Villa Olímpica. Pero respondieron a un momento y a unas condiciones históricas, que ya cambiaron.

Uno de los soportes del capital social es la confianza mutua y a nosotros nos da gran dificultad creer, confiar en el otro. Miramos a los demás de reojo, con sospecha. Además, con la corrupción, el despilfarro de los recursos públicos, el manejo amañado y clientelista de las administraciones, es difícil generar condiciones de confianza y de reciprocidad.

Un rápido vistazo a las diferentes organizaciones de la sociedad civil nos nuestra un panorama bastante desalentador. Gremios, organizaciones no gubernamentales, sindicatos, comuneros, comunales y medios de comunicación que, en la mayoría de ocasiones, son contratistas y dependen en gran medida de los ingresos de las administraciones públicas, con lo cual se desdibuja su función, se pierde la perspectiva y la capacidad crítica.

Esa debilidad del capital social dificulta la construcción de acuerdos colectivos de largo aliento y, en cambio, facilita el ejercicio de un poder vertical, en donde el gobernante se convierte en un moderno Papa Noel que firma, autoriza y adjudica contratos a diestra y siniestra, para tener contentos a todos los que lo buscan.

Por eso, no dejan de ser anecdóticas y pomposas aquellas declaraciones en las que se habla de la sociedad civil organizada, cuando lo que vemos, en el día a día, es una sociedad fragmentada, vulnerable y sin mayor representatividad.

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