jueves, 3 de julio de 2008

¿A imagen y semejanza?

Por Juan Antonio Ruiz Romero

El periódico mexicano El Universal daba cuenta esta semana de que “Moe, un chimpancé de 42 años que hace sus necesidades donde debe y que come con cuchillo y tenedor se escapó de su jaula en el sur de California”. Su propietario, St. James Davis trajo al simio desde Tanzania en 1967 después de que el recién nacido perdiera a su madre por culpa de los cazadores ilegales. Quizás Moe consideró que ya era el momento de independizarse de sus padres adoptivos.

Y mientras se desconoce el paradero del chimpancé cuarentón, en España hay un interesante debate alrededor de la moción aprobada en la Comisión del medio Ambiente del Congreso de diputados, en donde se propone otorgar a los chimpancés, orangutanes, y gorilas -cuyo parecido genético con el hombre es del 95%- una serie de derechos atribuidos hasta ahora sólo a humanos. Se trata de los derechos a la vida, a la libertad, a no ser torturados física ni psicológicamente, ni ser utilizados en experimentos, ni expuestos en espectáculos públicos. Sin duda, un gesto enaltecedor de los congresistas ibéricos.

Entre tanto, nos cuenta desde Londres el analista internacional Isaac Bigio que: “En varios países ricos ya no hay delfines o ballenas en los acuarios” y que “en el Reino Unido hay una policía especializada en encarcelar a quien daña a sus mascotas”.

Sin dudas, muchos habitantes de los países más industrializados del mundo, viven, sufren, trabajan, se angustian, pelean e invierten miles de dólares y de euros en el cuidado y la defensa de los perros, gatos, canarios, iguanas, gorilas, focas, delfines o ballenas. Tanto es así que, por lo menos, en el caso de perros y gatos, hay comida especial para ellos, peluquería, gimnasio, guardería, diseñadores de ropa y hasta “matrimonios arreglados”. El único problema es que los animalitos, objetos de tanta atención, no se pueden quejar.
Ante la crueldad y la brutalidad de los hombres contra los animales, acumuladas a lo largo de la historia, no debemos menos que resaltar ese ánimo paternalista y amoroso que se despierta en la defensa y conservación de esos seres vivos.

Sin embargo, a uno le preocupa que las balanzas de los países más poderosos y de mayores ingresos no estén bien calibradas. Porque a la vez que legislan y establecen garantías legales a favor de nuestros primos los simios; liberan en su ecosistema a cientos de aves y cetáceos y conforman policías especializadas para la defensa de las mascotas, no aplican los mismos parámetros de generosidad, simpatía y protección, cuando se trata de tomar decisiones que afectan a los seres humanos.
Por eso no se entiende que el Parlamento Europeo haya aprobado la directiva de retorno de inmigrantes ilegales, que otorga de 7 a 30 días de plazo para abandonar el país de forma voluntaria o, de lo contrario, internar a los indocumentados en centros de reclusión por un período máximo de 18 meses. De todas maneras, los expulsados o los que se vayan por las buenas, tendrán una prohibición de regresar a Europa durante los 5 años siguientes.
O las controvertidas decisiones del gobierno italiano de convertir la inmigración ilegal en un delito, similar al hurto, la violación, el homicidio o el secuestro.
Frente a esas disposiciones tan arbitrarias y ante las cuales el gobierno colombiano ha guardado silencio, uno pensaría que Moe, el chimpancé de Tanzania, está escondido en los bosques de California, huyendo a los operativos de los oficiales de Migración porque carece de la Green Card. Claro, en Estados Unidos, aún no han aprobado el trato igualitario para gorilas, orangutanes y chimpancés, que ya fue acogido por el Congreso de diputados españoles. Contradicciones de los “países más desarrollados”.

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