jueves, 9 de octubre de 2008

¿Adormecidos o narcotizados?

Por Juan Antonio Ruiz Romero, octubre 9

En un interesante conversatorio con los congresistas, dirigentes gremiales y medios de comunicación, el general José David Guzmán, comandante de la Policía en la región Cafetera, reconoció que “el narcotráfico es el principal problema de seguridad que tenemos en Risaralda y del cual se desprenden numerosos delitos como los homicidios, los ajustes de cuentas y las venganzas personales”.

La verdadera trascendencia de dicha declaración es que, durante mucho tiempo, las autoridades gubernamentales, los organismos de seguridad, los medios informativos y los ciudadanos nos hicimos los de la vista gorda. Considerábamos “casos aislados” los hechos relacionados con la producción, tráfico y consumo de drogas ilícitas y calificábamos las muertes violentas, la extorsión y el sicariato como “coletazos de la guerra entre los carteles de Cali, Medellín y Norte del Valle”.

No es remota la época en que grandes capos del negocio de la droga eran identificados como “el comerciante colombo-alemán Carlos Lehder Rivas”; el empresario, el dueño de un equipo de fútbol, el inversionista o el reconocido caballista.

En los años 80, se generalizó el concepto según el cual “en Colombia producimos cocaína para que la consuman los gringos y los europeos”, con lo cual, de alguna manera nos lavábamos las manos porque, supuestamente, el daño no era aquí. Dicha hipótesis se ratificó con la declaración de Carlos Lehder, desde la clandestinidad, en donde, con su discurso nacionalista y contra la extradición, aseveró que “la cocaína era la bomba atómica de los países pobres para atacar al imperialismo”.

El gran problema actual de Colombia, México, Perú y otros países productores, es que el consumo doméstico de drogas ilícitas, va en ascenso y desbordó la capacidad de reacción de la policía y los organismos de seguridad. Por cada negocio legal y formal que ingresa a la economía, aparecen decenas de expendios ilegales de sustancias tóxicas en los barrios y veredas, caracterizados por una inmensa capacidad de transformación, que les permite moverse de sitio, evadir la acción judicial y corromper a todo nivel.

Es tan compleja la situación de consumo de drogas en nuestros países, que se deben pensar soluciones mucho más ambiciosas, que la simple penalización de la dosis personal, iniciativa gubernamental cuatro veces frustrada en su trámite ante el Congreso colombiano.

La semana pasada, el presidente mexicano, Felipe Calderón, presentó ante las cámaras legislativas de su país una reforma para despenalizar la posesión de pequeñas cantidades de drogas. La iniciativa del mandatario propone que no sean castigados penalmente los farmacodependientes a los que autoridades le encuentren hasta 2 gramos de marihuana o de opio, 50 miligramos de heroína, 500 miligramos de cocaína y 40 miligramos de metanfetamina, entre otros narcóticos.

"Lo que se busca es no tratar como delincuente al adicto, sino como un enfermo y darle tratamiento psicológico o médico" indica la exposición de motivos. La medida puede tener amigos y detractores, pero por lo menos buscan nuevos mecanismos para enfrentar el multimillonario comercio de las drogas ilícitas.

De acuerdo con lo expresado esta semana por el secretario general de la OEA José Miguel Insulza en la Primera Reunión de Ministros de Seguridad Pública de las Américas, que se cumplió en Ciudad de México: “El tráfico de drogas procesadas en América Latina genera ingresos por 320 mil millones de dólares al año. La mayor parte de los países latinoamericanos no tienen un Producto Interior Bruto de ese tamaño”.

Frente a esa realidad, es bueno proponer una amplia reflexión social y académica, porque desde hace varios años nuestras sociedades están cada vez más narcotizadas.

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