El “omnipresidente”
Por Juan Antonio Ruiz Romero, octubre 16
Por Juan Antonio Ruiz Romero, octubre 16
El actual presidente colombiano, Álvaro Uribe Vélez, es considerado por los analistas como un verdadero maestro de la micropolítica. Desde el día en que se posesionó, el 7 de agosto de 2002, empezó a viajar a los más distantes rincones del país para estar cerca de sus compatriotas y escuchar sus inquietudes.
Los consejos Comunitarios se convirtieron en el espacio televisivo semanal para conocer las necesidades, proyectos y problemas de los distintos departamentos y, en donde, el presidente escucha, responde, ordena, anuncia, regaña, promete y despacha, por encima de los gobernadores y alcaldes, a quienes termina reemplazando.
En uno de esos escenarios públicos, Uribe ordenó la detención del secretario de gobierno de Buenaventura, porque fue acusado de actos de corrupción. Luego, ante las quejas de malos manejos de las Administradoras del Régimen Subsidiado de salud, ARS, anunció que dichas empresas serían eliminadas y reemplazadas por las Cajas de Compensación Familiar, decisión que más adelante echó para atrás. Meses más tarde, en Magdalena, destituyó, en vivo y en directo, a unas funcionarias de Bienestar Familiar de quiénes recibió denuncias.
Todas fueron decisiones de un presentador-presidente y no las de un abogado juicioso y ponderado, que desde sus tiempos en la Universidad de Antioquia aprendió aquello “del debido proceso”.
Frente a los presidentes enclaustrados en el Palacio de San Carlos y, luego, en la Casa de Nariño, Uribe aparece visitando a damnificados de las inundaciones; inaugurando el puesto de salud de Mocoa; expresándole el pésame a las viudas de los ex diputados del Valle asesinados por las FARC y a la familia del niño muerto por su propio padre. El Jefe del Estado aparece trotando por el Central Park de Nueva York; dándole el teléfono de su despacho a un compatriota residente en la Gran Manzana; sacando canecas con cianuro del río Magdalena; se aparece de sorpresa en las emisoras y estaciones de televisión para que lo entrevisten y hasta protagonizó, un duelo verbal, en plena plaza de Bolívar de Bogotá, con el profesor Gustavo Moncayo, luego de que el caminante por la paz le quitara durante varios días el protagonismo en los noticieros, durante su larga travesía entre Nariño y la capital colombiana.
En todo congreso, convención, simposio, coloquio, asamblea anual o reunión gremial, el mandatario colombiano es el invitado central, para la ceremonia de instalación o la de clausura.
Antes de la era Uribe, la visita de un presidente a una ciudad o pueblo colombiano era un hecho histórico y memorable, que se celebraba con día cívico, izada de bandera, actos culturales, banda marcial y “corbata a la moda”, cual Rin Rin Renacuajo. Ahora, no. Incluso, en ciudades como Pereira, ya perdimos la cuenta de la cantidad de veces que nos ha honrado con su presencia el señor presidente.
Por eso, porque nos tiene mal acostumbrados, uno se pregunta cuáles serían las razones por las que el primer mandatario se abstuvo de reunirse con las autoridades indígenas de Colombia, que lo invitaron el martes pasado a una Minga en María Piendamó, en el departamento del Cauca.
El presidente no puede ser sólo para los dirigentes gremiales, los empresarios y los principales centros del poder político, económico y social, que lo admiran y lo respetan. El omnipresidente, que a través de los medios informativos está en todas partes, debe atender a todos los colombianos. Y todos, son todos…

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