Por Juan Antonio Ruiz Romero, jueves 26 de noviembre
En las democracias maduras, el esquema gobierno-oposición permite la alternancia del poder entre las diferentes fuerzas políticas. En Colombia, por aquellas características particulares que nos identifican, por los cambios a la Constitución del 91 y por la evidente falta de cuadros directivos que asuman el relevo generacional, el Partido Liberal se encuentra debilitado, en desbandada, dividido y descolorido.
Por muy conservador y de derecha que parezca, el presidente Álvaro Uribe tuvo sus orígenes y proyección política en ese partido: de línea aperturista y neoliberal durante el gobierno Gaviria; de discurso socialdemócrata en el gobierno Samper y en donde caben incluso las tendencias de izquierda de la senadora Piedad Córdoba.
Es probable que la reelección presidencial, que gravita como astro implacable sobre el acontecer nacional, haya terminado eclipsando a un partido histórico, promotor de grandes transformaciones sociales y económicas en el siglo XX.
Pero además, una militancia díscola que se creyó el discurso según el cual el liberalismo era un partido de matices y eso daba patente para ser tránsfuga y acomodado.
La compleja realidad de esa colectividad se refleja, sin esfuerzos, en el departamento de Risaralda.
Un senador invisible como Germán Aguirre, que -¿con qué derecho pregunto yo?- exige una candidatura a la Gobernación de Risaralda, como si ese cargo fuera un premio de consolación a los que salen del Congreso por la puerta de atrás.
Un buen tipo como Juan Carlos Valencia, que aspira al Senado más por cumplirle al Partido, que por el verdadero respaldo de la militancia y de los jefes naturales, sumidos en divisiones viscerales e irreconciliables.
El representante a la Cámara Diego Patiño que no ha entendido que es muy bueno en el ejecutivo, pero perverso en el legislativo, en donde ni se siente a gusto, ni le aporta a la región. Hábil con la burocracia, termina apoyando a los gobiernos, aunque sean de la oposición, y ofreciendo respaldos al Senado, a cambio de oxígeno contractual. Y aunque muchos quieren jubilarlo, él que creció viendo las figuras de Camilo Mejía y Oscar Vélez Marulanda, insiste en convertirse en el neocacique liberal del siglo XXI.
Una candidata a la Cámara, Vivián López, de la más rancia estirpe carmonista y tan bien adiestrada que, ni le tiembla la voz cuando dice, delante de su marido el revocado ex congresista, que: “-No soy ficha de Carmona, ni de nadie…” Aunque los pecados no se heredan, es bastante difícil pensar que la renovación de la política liberal consista en repartir cobijas, zapatos y “mercados sociales” y aparecer en una foto sonriente con el jefe único del Partido.
Al liberalismo risaraldense, que se negó sistemáticamente a evaluar la hecatombe electoral de 2007, le quedan un poco más de 100 días para mirarse con sinceridad y ánimo autocrítico, si no quiere sumar una nueva derrota. De la voluntad de los liberales depende que el eclipse sea total o parcial.
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