miércoles, 8 de septiembre de 2010

La libertad a media asta

Por Juan Antonio Ruiz Romero

Durante más de 200 años, Estados Unidos y Francia han sido modelo y referencia obligada para muchos países del mundo, en lo que respecta a sus conceptos filosóficos sobre democracia y libertades humanas.

En el preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, suscrita en Filadelfia, el 4 de julio de 1776, se establece el marco de los derechos fundamentales: “Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

A pesar de su espíritu libertario, las contradicciones han acompañado esos principios fundacionales de la democracia norteamericana. Ese mismo país que declaró “que todos los hombres son creados iguales” se demoró un siglo para abolir la esclavitud y prácticamente exterminó a las comunidades indígenas autóctonas. Esa misma nación, segregó y discriminó durante cien años más a las comunidades negras y ha participado como actor y protagonista en casi todas las guerras y conflictos mundiales en el último siglo y medio.

La imagen de la Estatua de la Libertad, emblema de la Unión Americana y la cual acogió bajo su abrigo a millones de inmigrantes de todo el mundo, resulta bastante maltratada, cuando manifestantes ultraconservadores se oponen a la construcción de una mezquita en pleno centro de Manhattan y cuando un pastor cristiano bautista de la Florida invita a quemar ejemplares del Corán, como desagravio por los atentados terroristas del 11 de septiembre, hace 9 años.

Y más grave aún, cuando la Casa Blanca, en lugar de rechazar la violación a la libertad religiosa y defender los derechos de las comunidades islámicas residentes de ese país, considera que “la amenaza de una iglesia cristiana en la Florida de quemar copias del Corán podría poner en peligro a las tropas estadounidenses en el extranjero” ya que “las imágenes del Corán quemándose serán usadas por grupos extremistas para incitar a actos violentos”.

Cruzando el Oceáno Atlántico el panorama tampoco es muy estimulante. En Francia, donde en 1789 se firmó la Declaración de los Derechos del Hombre, que sentencia: "Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos", y define las libertades de opinión, de prensa y de conciencia, el presidente Nicolas Sarkozy ordenó la expulsión de un millar de personas, de la etnia gitana, hacia Rumania y Bulgaria.

El país galo, que creció con la consigna de defender a toda costa la “libertad, la solidaridad y la fraternidad” de los ciudadanos, prepara una reforma legal que permita expulsar a los extranjeros en situación migratoria irregular y que planteen una "amenaza para el orden público”, que no tengan trabajo o que abusen “del derecho de libre circulación". Bastante difícil será evaluar quién y cómo abusa de dicho derecho.

Al paso que vamos, los que fueran referentes occidentales de democracia, libertad y respeto por la dignidad humana, se convertirán sólo en la añoranza de unos pocos y, como las ruinas del Coliseo Romano, en un atractivo -pero en desuso- gancho publicitario de las guías turísticas de Estados Unidos y Francia.

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