Por Juan Antonio Ruiz Romero, jueves 30 de septiembre
Más allá del ofrecimiento para trabajar con el Banco Mundial, la salida de Germán Darío Saldarriaga de la secretaría de Gobierno del departamento representa un fuerte revés político para el Gobernador Víctor Manuel Tamayo.
El mandatario, más que nadie, sabe que perdió un compañero de trabajo, un aliado, pero, ante todo, a una figura representativa, en la que, por su trayectoria y experiencia en la administración pública, podía delegar y apoyarse.
Desde que se sumó a la campaña conservadora como jefe de debate, Saldarriaga se la jugó con esa candidatura, tanto que, por su manera de ser directa y frentera, asumió en primera fila los enfrentamientos que se dieron con los adversarios políticos. Ante el temperamento tranquilo y conciliador de Tamayo, su jefe de debate asumió, sin ambages, el papel de duro, “de malo del paseo”, si se quiere.
A pesar del nombramiento en la Secretaria de Gobierno, los más cercanos colaboradores de Tamayo se encargaron de aislar a Saldarriaga, tanto en lo administrativo como en lo político y lo operativo, con una sola idea: evitar una eventual candidatura suya para 2011.
Varias de las funciones asignadas a la Secretaría de Gobierno fueron redistribuidas a la Secretaría de Desarrollo Social y al frente de los programas de Paz, Convivencia y Derechos Humanos se puso al sacerdote Gustavo Valencia Franco, bastante acostumbrado a los protagonismos.
No obstante, Saldarriaga brilló con luz propia. Con capacidad, dinamismo, autonomía. Mostró que tiene la talla y se ganó el respeto y la consideración de los organismos de seguridad. Sin mucho esfuerzo, el secretario de Gobierno se convirtió en la mano derecha de Tamayo, en gobernador encargado, en el hombre de confianza.
Hoy se nota la ausencia. Queda un vacío grande. Mucho más, cuando varios de los actuales funcionarios renunciarán en octubre para no inhabilitarse. Y a esto se suma, la destitución de Gloria Beatriz Giraldo cuando se desempeñó como presidenta de Etesa. Y que en el gabinete hay personas con perfiles interesantes como los secretarios de Educación Paula Andrea Dávila, de Planeación Diego Andrés Toro, de Hacienda Jorge Alexis Mejía y hasta el mismo Secretario Administrativo Andrés Felipe Zuluaga, pero que todavía requieren un poco más de tiempo y experiencia para lograr una mayor proyección política.
En ese panorama, los únicos con capacidad, inteligencia y pergaminos para suceder a Saldarriaga serían Carlos Alberto Aguirre o Alvaro Eduardo Salazar. El problema es si ellos están dispuestos a asumir ese reto y ese desgaste.
Por ahora, el gobernador Tamayo se quedó en la orfandad.
miércoles, 6 de octubre de 2010
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Mirándonos en el espejo
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Al asistir la semana pasada al Encuentro Internacional de Desarrollo Humano y Paz en Pereira, el sacerdote jesuita Mauricio Gaborit compartió su experiencia con jóvenes pandilleros de El Salvador. Y aunque allá se llaman “maras” y los integrantes se caracterizan por sus tatuajes en el cuerpo, existen muchas similitudes con el conflicto social y de subsistencia que se vive en las barriadas de los principales centros urbanos colombianos.
Decía el sacerdote que “en una encuesta efectuada entre los miembros de las maras acerca de su esperanza de vida, la respuesta unánime fue 24.” Pero no 24 años, ni siquiera 24 meses. La esperanza de vida de esos muchachos era 24 horas. O sea sobrevivir ese día. Por eso se entiende que, con una perspectiva de muerte tan inmediata, se asuman todos los riegos: actos delictivos, consumo de drogas, sexo sin protección. En concepto de ellos mismos: “No tienen nada que perder… sólo la vida”.
Sin duda ese razonamiento nos replantea muchos de los prejuicios que tenemos acerca de las personas que terminan involucradas en Colombia en actividades ilícitas, en pandillas, en “combos”, en “bandas criminales” como las bautizaron ahora y que se caracterizan, al igual que en El Salvador, Honduras, Guatemala, México, Venezuela, Perú y Brasil, por participar en el negocio de la droga al menudeo, pequeñas extorsiones, cobro de peajes en los ingresos a los barrios y ajustes de cuentas.
Una reciente investigación de la Corporación Nuevo Arco Iris, publicada en el portal de semana.com concluyó que: “Hay una estrategia por parte de algunas bandas criminales, llamadas también paramilitares, para abrir un mercado interno de narcóticos”, asegura Ariel Ávila, investigador de esa ONG. A esa conclusión se llegó después de encontrar situaciones parecidas en Bogotá, Medellín, Cali, Pereira, Armenia, Montería y parcialmente en Cúcuta. El negocio que se ha detectado consiste en lo que podría llamarse ‘narcomenudeo’, que es promover masivamente el consumo de cocaína, bazuco, heroína, marihuana y drogas sintéticas dentro del país.”
La gran conclusión de la investigación sobre violencia en las ciudades es que “la estructura social de Colombia es supremamente rígida y excluyente. A la gente le parece que es más difícil progresar por las vías legales”. “Todo eso plantea nuevas formas de combatir la delincuencia en las ciudades. La crítica que surge por parte de los expertos es que los métodos para afrontarla hoy día suenan precarios. Básicamente, se basan en incremento del pie de fuerza y en represión policial”, dice el informe.
Desde la academia y los medios de comunicación, se ha insistido a las autoridades regionales sobre la necesidad de adelantar políticas públicas trasversales, en seguridad y convivencia, que contemplen la intervención integral en sectores vulnerables. El problema es que, en la mayoría de ocasiones, se piensa que intervención social es repartir zapatillas, mercados, kits escolares, cortar de pelo y llevar una brigada de salud.
Para estos días se anuncia la entrada en operación del Centro de Planeación Estratégica para la Convivencia y la Seguridad Ciudadana del departamento de Risaralda, que busca convertirse en una herramienta para conocer mejor la criminalidad y definir acciones de prevención del delito y de reacción frente al mismo.
Sin embargo, la pregunta es hasta qué punto seguiremos atacando las consecuencias de un problema que tiene raíces mucho más profundas, como nos lo muestran los casos de Centroamérica y de los principales centros urbanos del país.
Al asistir la semana pasada al Encuentro Internacional de Desarrollo Humano y Paz en Pereira, el sacerdote jesuita Mauricio Gaborit compartió su experiencia con jóvenes pandilleros de El Salvador. Y aunque allá se llaman “maras” y los integrantes se caracterizan por sus tatuajes en el cuerpo, existen muchas similitudes con el conflicto social y de subsistencia que se vive en las barriadas de los principales centros urbanos colombianos.
Decía el sacerdote que “en una encuesta efectuada entre los miembros de las maras acerca de su esperanza de vida, la respuesta unánime fue 24.” Pero no 24 años, ni siquiera 24 meses. La esperanza de vida de esos muchachos era 24 horas. O sea sobrevivir ese día. Por eso se entiende que, con una perspectiva de muerte tan inmediata, se asuman todos los riegos: actos delictivos, consumo de drogas, sexo sin protección. En concepto de ellos mismos: “No tienen nada que perder… sólo la vida”.
Sin duda ese razonamiento nos replantea muchos de los prejuicios que tenemos acerca de las personas que terminan involucradas en Colombia en actividades ilícitas, en pandillas, en “combos”, en “bandas criminales” como las bautizaron ahora y que se caracterizan, al igual que en El Salvador, Honduras, Guatemala, México, Venezuela, Perú y Brasil, por participar en el negocio de la droga al menudeo, pequeñas extorsiones, cobro de peajes en los ingresos a los barrios y ajustes de cuentas.
Una reciente investigación de la Corporación Nuevo Arco Iris, publicada en el portal de semana.com concluyó que: “Hay una estrategia por parte de algunas bandas criminales, llamadas también paramilitares, para abrir un mercado interno de narcóticos”, asegura Ariel Ávila, investigador de esa ONG. A esa conclusión se llegó después de encontrar situaciones parecidas en Bogotá, Medellín, Cali, Pereira, Armenia, Montería y parcialmente en Cúcuta. El negocio que se ha detectado consiste en lo que podría llamarse ‘narcomenudeo’, que es promover masivamente el consumo de cocaína, bazuco, heroína, marihuana y drogas sintéticas dentro del país.”
La gran conclusión de la investigación sobre violencia en las ciudades es que “la estructura social de Colombia es supremamente rígida y excluyente. A la gente le parece que es más difícil progresar por las vías legales”. “Todo eso plantea nuevas formas de combatir la delincuencia en las ciudades. La crítica que surge por parte de los expertos es que los métodos para afrontarla hoy día suenan precarios. Básicamente, se basan en incremento del pie de fuerza y en represión policial”, dice el informe.
Desde la academia y los medios de comunicación, se ha insistido a las autoridades regionales sobre la necesidad de adelantar políticas públicas trasversales, en seguridad y convivencia, que contemplen la intervención integral en sectores vulnerables. El problema es que, en la mayoría de ocasiones, se piensa que intervención social es repartir zapatillas, mercados, kits escolares, cortar de pelo y llevar una brigada de salud.
Para estos días se anuncia la entrada en operación del Centro de Planeación Estratégica para la Convivencia y la Seguridad Ciudadana del departamento de Risaralda, que busca convertirse en una herramienta para conocer mejor la criminalidad y definir acciones de prevención del delito y de reacción frente al mismo.
Sin embargo, la pregunta es hasta qué punto seguiremos atacando las consecuencias de un problema que tiene raíces mucho más profundas, como nos lo muestran los casos de Centroamérica y de los principales centros urbanos del país.
De El Sacatín a Flamingo
Por Juan Antonio Ruiz Romero, jueves 16 de septiembre/10
Pocas semanas después del devastador terremoto del 25 enero de 1999 en el Eje cafetero, una joven nacida en Armenia me confesó, con lágrimas en los ojos, que lo más grave no había sido la caída de unas casas o unos edificios, sino la pérdida de todos los referentes urbanos que habían marcado su vida.
-En treinta segundos, quedaron borradas para siempre gran parte de mi infancia y de mi juventud”- aseguraba. Y tenía razón. El teatro al cual asistía los sábados o domingos, al matinal infantil. La heladería en donde recibía la generosa retribución de sus padres por el buen rendimiento académico. El añoso y entrañable colegio por el cual desfilaron sus primeras amigas, las travesuras y reconvenciones de los maestros. La fuente de soda del primer encuentro con el novio adolescente. De todos esos recuerdos, sólo quedaban escombros apilados, a lado y lado de las vías.
Esta semana recordé dicho testimonio, cuando publicaron en La Tarde las fotos de lo que fuera El Sacatín, sede de la destilería que después originó la Industria Licorera de Caldas y el registro de la demolición de la fachada, que se levantó altiva y con su estilo republicano durante 84 años.
Hace un par de semanas, una resolución de la Dirección Operativa de Prevención y Atención de Desastres del municipio de Pereira conceptuó “que la edificación estaba en ruina y en inminente riesgo”. De hecho, hace tres años, por el mismo estado de abandono, el inmueble fue excluido del inventario de bienes de interés patrimonial arquitectónico.
Lo más curioso es que dicho inmueble, que acaba de ser demolido por el estado lamentable en que se encontraba, estaba bajo el cuidado, manejo y responsabilidad directa del mismo municipio, que nunca tuvo interés ni destinó recursos para preservarlo, pero procedió con celeridad para excluirlo del patrimonio arquitectónico y recomendar su demolición.
Alguien decía que los pereiranos somos tan pragmáticos que adoptamos como propio aquel refrán de que “para atrás ni para tomar impulso”. El problema es que ni nos duele ni nos interesa ni nos preocupa acabar con esos referentes urbanos que marcaron momentos de la historia de la ciudad.
Hace algunos meses, en una reunión con el equipo de gobierno municipal, el ex alcalde Gustavo Orozco Restrepo, coordinador del proyecto aniversario de Pereira 150 años, se sorprendió cuando uno de los funcionarios del gabinete le dijo que querían vincularse a las actividades del Bicentenario de la ciudad. Cuándo Orozco, con su tradicional tacto le dijo que era “el sesquicentenario”, el testarudo personaje le pidió que no se preocupara que “al fin y al cabo, bicentenario o sesquicentenario eso es lo mismo”.
Y la realidad es que, para algunos funcionarios, las edificaciones y los ladrillos son lo mismo. No importan las historias, la memoria, las huellas que tengan impresas.
Por eso, tumbamos, por acción o por omisión, edificaciones que formaron parte de nuestro crecimiento como ciudad. Y, lo peor, autorizamos la construcción de cajones de concreto, monstruosas paredes -sin siquiera ventanas- y carentes de diseño, como la sede de Almacenes Flamingo y de un casino, al frente de la alcaldía municipal.
Estamos tan embriagados de progreso que, aunque caminemos para adelante, todavía no sabemos para donde vamos.
Pocas semanas después del devastador terremoto del 25 enero de 1999 en el Eje cafetero, una joven nacida en Armenia me confesó, con lágrimas en los ojos, que lo más grave no había sido la caída de unas casas o unos edificios, sino la pérdida de todos los referentes urbanos que habían marcado su vida.
-En treinta segundos, quedaron borradas para siempre gran parte de mi infancia y de mi juventud”- aseguraba. Y tenía razón. El teatro al cual asistía los sábados o domingos, al matinal infantil. La heladería en donde recibía la generosa retribución de sus padres por el buen rendimiento académico. El añoso y entrañable colegio por el cual desfilaron sus primeras amigas, las travesuras y reconvenciones de los maestros. La fuente de soda del primer encuentro con el novio adolescente. De todos esos recuerdos, sólo quedaban escombros apilados, a lado y lado de las vías.
Esta semana recordé dicho testimonio, cuando publicaron en La Tarde las fotos de lo que fuera El Sacatín, sede de la destilería que después originó la Industria Licorera de Caldas y el registro de la demolición de la fachada, que se levantó altiva y con su estilo republicano durante 84 años.
Hace un par de semanas, una resolución de la Dirección Operativa de Prevención y Atención de Desastres del municipio de Pereira conceptuó “que la edificación estaba en ruina y en inminente riesgo”. De hecho, hace tres años, por el mismo estado de abandono, el inmueble fue excluido del inventario de bienes de interés patrimonial arquitectónico.
Lo más curioso es que dicho inmueble, que acaba de ser demolido por el estado lamentable en que se encontraba, estaba bajo el cuidado, manejo y responsabilidad directa del mismo municipio, que nunca tuvo interés ni destinó recursos para preservarlo, pero procedió con celeridad para excluirlo del patrimonio arquitectónico y recomendar su demolición.
Alguien decía que los pereiranos somos tan pragmáticos que adoptamos como propio aquel refrán de que “para atrás ni para tomar impulso”. El problema es que ni nos duele ni nos interesa ni nos preocupa acabar con esos referentes urbanos que marcaron momentos de la historia de la ciudad.
Hace algunos meses, en una reunión con el equipo de gobierno municipal, el ex alcalde Gustavo Orozco Restrepo, coordinador del proyecto aniversario de Pereira 150 años, se sorprendió cuando uno de los funcionarios del gabinete le dijo que querían vincularse a las actividades del Bicentenario de la ciudad. Cuándo Orozco, con su tradicional tacto le dijo que era “el sesquicentenario”, el testarudo personaje le pidió que no se preocupara que “al fin y al cabo, bicentenario o sesquicentenario eso es lo mismo”.
Y la realidad es que, para algunos funcionarios, las edificaciones y los ladrillos son lo mismo. No importan las historias, la memoria, las huellas que tengan impresas.
Por eso, tumbamos, por acción o por omisión, edificaciones que formaron parte de nuestro crecimiento como ciudad. Y, lo peor, autorizamos la construcción de cajones de concreto, monstruosas paredes -sin siquiera ventanas- y carentes de diseño, como la sede de Almacenes Flamingo y de un casino, al frente de la alcaldía municipal.
Estamos tan embriagados de progreso que, aunque caminemos para adelante, todavía no sabemos para donde vamos.
miércoles, 8 de septiembre de 2010
La libertad a media asta
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Durante más de 200 años, Estados Unidos y Francia han sido modelo y referencia obligada para muchos países del mundo, en lo que respecta a sus conceptos filosóficos sobre democracia y libertades humanas.
En el preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, suscrita en Filadelfia, el 4 de julio de 1776, se establece el marco de los derechos fundamentales: “Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
A pesar de su espíritu libertario, las contradicciones han acompañado esos principios fundacionales de la democracia norteamericana. Ese mismo país que declaró “que todos los hombres son creados iguales” se demoró un siglo para abolir la esclavitud y prácticamente exterminó a las comunidades indígenas autóctonas. Esa misma nación, segregó y discriminó durante cien años más a las comunidades negras y ha participado como actor y protagonista en casi todas las guerras y conflictos mundiales en el último siglo y medio.
La imagen de la Estatua de la Libertad, emblema de la Unión Americana y la cual acogió bajo su abrigo a millones de inmigrantes de todo el mundo, resulta bastante maltratada, cuando manifestantes ultraconservadores se oponen a la construcción de una mezquita en pleno centro de Manhattan y cuando un pastor cristiano bautista de la Florida invita a quemar ejemplares del Corán, como desagravio por los atentados terroristas del 11 de septiembre, hace 9 años.
Y más grave aún, cuando la Casa Blanca, en lugar de rechazar la violación a la libertad religiosa y defender los derechos de las comunidades islámicas residentes de ese país, considera que “la amenaza de una iglesia cristiana en la Florida de quemar copias del Corán podría poner en peligro a las tropas estadounidenses en el extranjero” ya que “las imágenes del Corán quemándose serán usadas por grupos extremistas para incitar a actos violentos”.
Cruzando el Oceáno Atlántico el panorama tampoco es muy estimulante. En Francia, donde en 1789 se firmó la Declaración de los Derechos del Hombre, que sentencia: "Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos", y define las libertades de opinión, de prensa y de conciencia, el presidente Nicolas Sarkozy ordenó la expulsión de un millar de personas, de la etnia gitana, hacia Rumania y Bulgaria.
El país galo, que creció con la consigna de defender a toda costa la “libertad, la solidaridad y la fraternidad” de los ciudadanos, prepara una reforma legal que permita expulsar a los extranjeros en situación migratoria irregular y que planteen una "amenaza para el orden público”, que no tengan trabajo o que abusen “del derecho de libre circulación". Bastante difícil será evaluar quién y cómo abusa de dicho derecho.
Al paso que vamos, los que fueran referentes occidentales de democracia, libertad y respeto por la dignidad humana, se convertirán sólo en la añoranza de unos pocos y, como las ruinas del Coliseo Romano, en un atractivo -pero en desuso- gancho publicitario de las guías turísticas de Estados Unidos y Francia.
Durante más de 200 años, Estados Unidos y Francia han sido modelo y referencia obligada para muchos países del mundo, en lo que respecta a sus conceptos filosóficos sobre democracia y libertades humanas.
En el preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, suscrita en Filadelfia, el 4 de julio de 1776, se establece el marco de los derechos fundamentales: “Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
A pesar de su espíritu libertario, las contradicciones han acompañado esos principios fundacionales de la democracia norteamericana. Ese mismo país que declaró “que todos los hombres son creados iguales” se demoró un siglo para abolir la esclavitud y prácticamente exterminó a las comunidades indígenas autóctonas. Esa misma nación, segregó y discriminó durante cien años más a las comunidades negras y ha participado como actor y protagonista en casi todas las guerras y conflictos mundiales en el último siglo y medio.
La imagen de la Estatua de la Libertad, emblema de la Unión Americana y la cual acogió bajo su abrigo a millones de inmigrantes de todo el mundo, resulta bastante maltratada, cuando manifestantes ultraconservadores se oponen a la construcción de una mezquita en pleno centro de Manhattan y cuando un pastor cristiano bautista de la Florida invita a quemar ejemplares del Corán, como desagravio por los atentados terroristas del 11 de septiembre, hace 9 años.
Y más grave aún, cuando la Casa Blanca, en lugar de rechazar la violación a la libertad religiosa y defender los derechos de las comunidades islámicas residentes de ese país, considera que “la amenaza de una iglesia cristiana en la Florida de quemar copias del Corán podría poner en peligro a las tropas estadounidenses en el extranjero” ya que “las imágenes del Corán quemándose serán usadas por grupos extremistas para incitar a actos violentos”.
Cruzando el Oceáno Atlántico el panorama tampoco es muy estimulante. En Francia, donde en 1789 se firmó la Declaración de los Derechos del Hombre, que sentencia: "Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos", y define las libertades de opinión, de prensa y de conciencia, el presidente Nicolas Sarkozy ordenó la expulsión de un millar de personas, de la etnia gitana, hacia Rumania y Bulgaria.
El país galo, que creció con la consigna de defender a toda costa la “libertad, la solidaridad y la fraternidad” de los ciudadanos, prepara una reforma legal que permita expulsar a los extranjeros en situación migratoria irregular y que planteen una "amenaza para el orden público”, que no tengan trabajo o que abusen “del derecho de libre circulación". Bastante difícil será evaluar quién y cómo abusa de dicho derecho.
Al paso que vamos, los que fueran referentes occidentales de democracia, libertad y respeto por la dignidad humana, se convertirán sólo en la añoranza de unos pocos y, como las ruinas del Coliseo Romano, en un atractivo -pero en desuso- gancho publicitario de las guías turísticas de Estados Unidos y Francia.
¿Al operador quién lo ronda?
Por Juan Antonio Ruiz Romero, septiembre 2 de 2010
Sin duda uno de los temas más interesantes para escribir y opinar cada año es el de las fiestas aniversarias de la ciudad.
El editorial del domingo de LA TARDE se me anticipó en algunos de esos puntos: “Las denominadas fiestas estuvieron desordenadas, excesivamente ruidosas y se centraron en el consumo de alcohol y no en la expresión de la llamada pereiranidad”.
“Fue evidente la desorganización de la empresa contratada para la realización de los diferentes eventos, muchos de los cuales fueron cancelados a última hora”.
“Salvo la presencia de un programa de la televisión nacional, que se realizó en Ciudad Victoria, las fiestas sólo fueron conocidas y referenciadas por los medios locales. Muy pocos colombianos supieron que aquí estaba pasando algo llamado fiestas de la cosecha, para celebrar nuestra cultura. Si se miden las fiestas por el número de borrachos que hubo en las calles, por el cierre de vías y por las horas perdidas de sueño, hay que decir que fueron un éxito.”
Para no volver sobre lo mismo, quisiera profundizar sobre algunos aspectos, quizás no tan públicos, pero que marcaron también la celebración. La contratación de un operador privado para que comercializara las fiestas fue un auténtico fiasco. Los únicos patrocinadores no oficiales fueron Bavaria, el distribuidor de Licores de Antioquia y Carrefour, o sea los mismos que han estado vinculados en los últimos años.
Se le apostó buena parte del esfuerzo promocional a eventos que fracasaron: Al Showbol solo fueron 600 personas. En la Carpa Cabaret, el primer día los asistentes se quedaron esperando la presentación de Hebert Vargas. Luego que no busquen otras explicaciones para la cancelación de las presentaciones de Pastor López y el Cuarteto Imperial. La corrida de toros, por la fecha, estaba condenada de antemano.
Ante la quiebra de Carpa Cabaret, el municipio tuvo que asumir los 110 millones de pesos de los costos del concierto de Willie Colón, tal vez el evento cumbre de las fiestas. Ni siquiera la lluvia espantó a los seguidores del salsero. Eso sí, los asistentes a la Plaza Cívica se dieron cuenta y pudieron diferenciar, en vivo y en directo, quién sabe cantar y quién, sin ser buen músico, es exitoso tarareando música popular.
Ojalá que la capacidad, talento y humildad demostrados por Willie Colón ante las 20 mil personas que desbordaron la Plaza Cívica fuera aprendido por otros personajes. El farandulero Padre Chucho, como si fuera una estrella del Hollywood celestial, exigió una escolta de 12 miembros de la Policía nacional. Ni que hubiera venido a Pereira a reunirse con el secretariado de las Farc. Y es que en eso, a los organizadores de las Fiestas y a la Policía se les fue la mano: el domingo 22 de agosto, recibieron a Jota Mario Valencia y a sus compañeros de Muy Buenos Días, como si fueran jefes de Estado y los trasladaron al hotel con escoltas motorizados.
Si la precaria labor adelantada por “el comercializador de las fiestas”, fue recibir los dineros del Instituto de Cultura, las secretarías de despacho y las empresas de servicios, el mismo municipio podía efectuar dicha tarea. ¿O sería que deseaban eludir la acción de los organismos de control sobre el destino final de esos dineros públicos?
Sin duda uno de los temas más interesantes para escribir y opinar cada año es el de las fiestas aniversarias de la ciudad.
El editorial del domingo de LA TARDE se me anticipó en algunos de esos puntos: “Las denominadas fiestas estuvieron desordenadas, excesivamente ruidosas y se centraron en el consumo de alcohol y no en la expresión de la llamada pereiranidad”.
“Fue evidente la desorganización de la empresa contratada para la realización de los diferentes eventos, muchos de los cuales fueron cancelados a última hora”.
“Salvo la presencia de un programa de la televisión nacional, que se realizó en Ciudad Victoria, las fiestas sólo fueron conocidas y referenciadas por los medios locales. Muy pocos colombianos supieron que aquí estaba pasando algo llamado fiestas de la cosecha, para celebrar nuestra cultura. Si se miden las fiestas por el número de borrachos que hubo en las calles, por el cierre de vías y por las horas perdidas de sueño, hay que decir que fueron un éxito.”
Para no volver sobre lo mismo, quisiera profundizar sobre algunos aspectos, quizás no tan públicos, pero que marcaron también la celebración. La contratación de un operador privado para que comercializara las fiestas fue un auténtico fiasco. Los únicos patrocinadores no oficiales fueron Bavaria, el distribuidor de Licores de Antioquia y Carrefour, o sea los mismos que han estado vinculados en los últimos años.
Se le apostó buena parte del esfuerzo promocional a eventos que fracasaron: Al Showbol solo fueron 600 personas. En la Carpa Cabaret, el primer día los asistentes se quedaron esperando la presentación de Hebert Vargas. Luego que no busquen otras explicaciones para la cancelación de las presentaciones de Pastor López y el Cuarteto Imperial. La corrida de toros, por la fecha, estaba condenada de antemano.
Ante la quiebra de Carpa Cabaret, el municipio tuvo que asumir los 110 millones de pesos de los costos del concierto de Willie Colón, tal vez el evento cumbre de las fiestas. Ni siquiera la lluvia espantó a los seguidores del salsero. Eso sí, los asistentes a la Plaza Cívica se dieron cuenta y pudieron diferenciar, en vivo y en directo, quién sabe cantar y quién, sin ser buen músico, es exitoso tarareando música popular.
Ojalá que la capacidad, talento y humildad demostrados por Willie Colón ante las 20 mil personas que desbordaron la Plaza Cívica fuera aprendido por otros personajes. El farandulero Padre Chucho, como si fuera una estrella del Hollywood celestial, exigió una escolta de 12 miembros de la Policía nacional. Ni que hubiera venido a Pereira a reunirse con el secretariado de las Farc. Y es que en eso, a los organizadores de las Fiestas y a la Policía se les fue la mano: el domingo 22 de agosto, recibieron a Jota Mario Valencia y a sus compañeros de Muy Buenos Días, como si fueran jefes de Estado y los trasladaron al hotel con escoltas motorizados.
Si la precaria labor adelantada por “el comercializador de las fiestas”, fue recibir los dineros del Instituto de Cultura, las secretarías de despacho y las empresas de servicios, el mismo municipio podía efectuar dicha tarea. ¿O sería que deseaban eludir la acción de los organismos de control sobre el destino final de esos dineros públicos?
De microtráfico y miopías
Por Juan Antonio Ruiz Romero, jueves 26 de agosto 2010
Desde mediados de la década de los 80, el director de noticias de Caracol Pereira Herney Ocampo Cardona acuñó una frase, que repite con cierta periodicidad y sigue vigente hoy en día: “Dosquebradas es una bomba social”.
En su corta historia, el que fuera un corregimiento de Santa Rosa de Cabal ha tenido un accidentado camino. Desde la misma aprobación de la ordenanza que le dio vida administrativa -según reconoció uno de los promotores- las irregularidades han marcado el sino de Dosquebradas.
Un municipio que- también en concepto del doctor Herney- estuvo más de 20 años “ en obra negra”. Un territorio, sin ningún tipo de planificación urbana, que fue creciendo en forma desordenada y caótica, a lo largo de la Avenida Simón Bolívar.
Sucesivos gobernantes, que con alguna honrosa excepción, se caracterizaron por su falta de preparación y mediocridad. Alcaldes que solo demostraron capacidad de administrar para sus amigos y de beneficiarse con los dineros públicos.
Con los millones de pesos que se destinaron a lo largo de muchos años para el Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado de Dosquebradas, se habría podido dotar de agua potable a los demás municipios de Risaralda, diferentes a Pereira. Y del manejo de dichos recursos, nadie rindió cuentas.
Dosquebradas, a lo largo de su historia, se ha manejado a la ligera. Con unos concejales, que cobraban sesiones a las que nunca asistieron y que, aunque fueron destituidos por la Procuraduría y suspendidos para ejercer cargos públicos, regresan triunfales, como si nada, para seguir explotando las arcas municipales.
Por eso, no debe extrañar la compleja situación de zozobra e inseguridad que se está viviendo en varios sectores de Dosquebradas -similar a los que ocurre en sitios de Pereira, Santa Rosa de Cabal y La Virginia-, en donde la presencia de organizaciones delictivas, vinculadas al microtráfico de drogas y a la extorsión, han ocasionado enfrentamientos armados y la muerte de numerosas personas.
Ante los hechos violentos ocurridos en julio pasado en el barrio Buenos Aires, la administración municipal se demoró 11 días para convocar un Consejo Extraordinario de Seguridad. El martes en la noche, hecho similares sacudieron a los barrios Las Violetas y El Japón, dejando un saldo de tres muertos y cuatro heridos.
El gobierno dosquebradense habla de ampliación del pie de fuerza policial, de indagación sobre los responsables de los crímenes, de resocialización de pandilleros, de centros de Convivencia, de plan Desarme en los colegios, de mantener la restricción del parrillero para las motocicletas. Pero se le olvida lo básico: la intervención social.
El problema radica en la miopía y falta de grandeza de un gobierno, como el de Luz Ensueño Betancur, el cual considera que pierde autonomía y capacidad de acción si trabaja de la mano con los alcaldes del Área Metropolitana y la Gobernación.
Sin duda, la alcaldesa de Dosquebradas tiene ojos bonitos, pero le falta visión.
Desde mediados de la década de los 80, el director de noticias de Caracol Pereira Herney Ocampo Cardona acuñó una frase, que repite con cierta periodicidad y sigue vigente hoy en día: “Dosquebradas es una bomba social”.
En su corta historia, el que fuera un corregimiento de Santa Rosa de Cabal ha tenido un accidentado camino. Desde la misma aprobación de la ordenanza que le dio vida administrativa -según reconoció uno de los promotores- las irregularidades han marcado el sino de Dosquebradas.
Un municipio que- también en concepto del doctor Herney- estuvo más de 20 años “ en obra negra”. Un territorio, sin ningún tipo de planificación urbana, que fue creciendo en forma desordenada y caótica, a lo largo de la Avenida Simón Bolívar.
Sucesivos gobernantes, que con alguna honrosa excepción, se caracterizaron por su falta de preparación y mediocridad. Alcaldes que solo demostraron capacidad de administrar para sus amigos y de beneficiarse con los dineros públicos.
Con los millones de pesos que se destinaron a lo largo de muchos años para el Plan Maestro de Acueducto y Alcantarillado de Dosquebradas, se habría podido dotar de agua potable a los demás municipios de Risaralda, diferentes a Pereira. Y del manejo de dichos recursos, nadie rindió cuentas.
Dosquebradas, a lo largo de su historia, se ha manejado a la ligera. Con unos concejales, que cobraban sesiones a las que nunca asistieron y que, aunque fueron destituidos por la Procuraduría y suspendidos para ejercer cargos públicos, regresan triunfales, como si nada, para seguir explotando las arcas municipales.
Por eso, no debe extrañar la compleja situación de zozobra e inseguridad que se está viviendo en varios sectores de Dosquebradas -similar a los que ocurre en sitios de Pereira, Santa Rosa de Cabal y La Virginia-, en donde la presencia de organizaciones delictivas, vinculadas al microtráfico de drogas y a la extorsión, han ocasionado enfrentamientos armados y la muerte de numerosas personas.
Ante los hechos violentos ocurridos en julio pasado en el barrio Buenos Aires, la administración municipal se demoró 11 días para convocar un Consejo Extraordinario de Seguridad. El martes en la noche, hecho similares sacudieron a los barrios Las Violetas y El Japón, dejando un saldo de tres muertos y cuatro heridos.
El gobierno dosquebradense habla de ampliación del pie de fuerza policial, de indagación sobre los responsables de los crímenes, de resocialización de pandilleros, de centros de Convivencia, de plan Desarme en los colegios, de mantener la restricción del parrillero para las motocicletas. Pero se le olvida lo básico: la intervención social.
El problema radica en la miopía y falta de grandeza de un gobierno, como el de Luz Ensueño Betancur, el cual considera que pierde autonomía y capacidad de acción si trabaja de la mano con los alcaldes del Área Metropolitana y la Gobernación.
Sin duda, la alcaldesa de Dosquebradas tiene ojos bonitos, pero le falta visión.
miércoles, 18 de agosto de 2010
El estrés post-vacaciones
Por Juan Antonio Ruiz Romero, agosto 12 de 2010
Tienen razón quienes aseguran que las vacaciones son, ante todo, un ejercicio de salud mental. Esos mismos personajes indican que no hay ningún dinero que pague el merecido descanso de un ser humano y cuestionan la costumbre de aquellos que prefieren las vacaciones en dinero, para atender deudas y compromisos. Y aunque se deben respetar las razones de cada uno, no hay nada como ese tiempo para usted mismo.
Durante el periodo vacacional no hay horarios ni relojes ni rutinas. Usted se levanta, y se acuesta, a su antojo. Se puede actualizar con los libros y música, que tenía pendiente. Sale con su pareja, su familia y amigos, sin estar pendiente de la hora del noticiero, de los titulares de prensa ni de los hechos de última hora. Con el respeto de mis colegas, las vacaciones son un tiempo estupendo para desconectarse de las noticias. Lo importante no es el último nombramiento o que dijo o que hizo Chávez, sino el estado del tiempo, para programar el día: en casa o al aire libre.
El problema más complejo reside en escoger a cuál de los estrenos cinematográficos se debe asistir o si lo más conveniente es volver a ver esa película inolvidable, que llevamos guardada en los estantes de la memoria y el corazón.
Hay otro componente que parece menor, pero que diferencia las vacaciones de cualquier otro momento del año. Allí no hay dietas, ni hábitos de comida saludable. Es cómo “alzarse la bata” en materia alimenticia. Usted puede comer frituras, harinas, tortas, postres y helados, sin ninguna clase de remordimientos, ni los pesados cargos de conciencia que nos muestra la balanza.
Después de ser puntuales, rigurosos, exigentes y dedicados durante las 50 semanas restantes del año, durante la temporada vacacional disfrutamos de una especie de irresponsabilidad paga. No hay citas, reuniones interminables ni invitaciones por compromiso. Solo la absoluta plenitud que ofrecen una hamaca, una mecedora o un colchón inflable dentro de una piscina.
Además, sino uno sale de la ciudad, parece que esa relación, a veces tirante, a veces difícil con nuestro entorno, se suavizara y regresáramos con ojos enamorados. La bulla, el desorden vial, la congestión de las calles, se convierten, con una mirada afectuosa, en parte de nuestra acogedora -aunque caótica- identidad. Eso sí, el encanto se desvanece con el paso de los días y una semana después, la refrescante catarsis mental de las vacaciones, queda sepultada por las avalanchas de la cotidianidad.
Por eso, presento excusas esta semana a mis lectores, pero es que sentía la necesidad de escribir una columna de transición, que me permitiera, aunque fuera de a poquitos, reconectarme con el día a día, ya que me siento incapaz de asumir, de un solo tirón, los ires y venires de nuestra realidad. Tal vez estoy agotado, susceptible, impactado. O quizás estoy cansado y mi cuerpo me exige unas vacaciones.
Tienen razón quienes aseguran que las vacaciones son, ante todo, un ejercicio de salud mental. Esos mismos personajes indican que no hay ningún dinero que pague el merecido descanso de un ser humano y cuestionan la costumbre de aquellos que prefieren las vacaciones en dinero, para atender deudas y compromisos. Y aunque se deben respetar las razones de cada uno, no hay nada como ese tiempo para usted mismo.
Durante el periodo vacacional no hay horarios ni relojes ni rutinas. Usted se levanta, y se acuesta, a su antojo. Se puede actualizar con los libros y música, que tenía pendiente. Sale con su pareja, su familia y amigos, sin estar pendiente de la hora del noticiero, de los titulares de prensa ni de los hechos de última hora. Con el respeto de mis colegas, las vacaciones son un tiempo estupendo para desconectarse de las noticias. Lo importante no es el último nombramiento o que dijo o que hizo Chávez, sino el estado del tiempo, para programar el día: en casa o al aire libre.
El problema más complejo reside en escoger a cuál de los estrenos cinematográficos se debe asistir o si lo más conveniente es volver a ver esa película inolvidable, que llevamos guardada en los estantes de la memoria y el corazón.
Hay otro componente que parece menor, pero que diferencia las vacaciones de cualquier otro momento del año. Allí no hay dietas, ni hábitos de comida saludable. Es cómo “alzarse la bata” en materia alimenticia. Usted puede comer frituras, harinas, tortas, postres y helados, sin ninguna clase de remordimientos, ni los pesados cargos de conciencia que nos muestra la balanza.
Después de ser puntuales, rigurosos, exigentes y dedicados durante las 50 semanas restantes del año, durante la temporada vacacional disfrutamos de una especie de irresponsabilidad paga. No hay citas, reuniones interminables ni invitaciones por compromiso. Solo la absoluta plenitud que ofrecen una hamaca, una mecedora o un colchón inflable dentro de una piscina.
Además, sino uno sale de la ciudad, parece que esa relación, a veces tirante, a veces difícil con nuestro entorno, se suavizara y regresáramos con ojos enamorados. La bulla, el desorden vial, la congestión de las calles, se convierten, con una mirada afectuosa, en parte de nuestra acogedora -aunque caótica- identidad. Eso sí, el encanto se desvanece con el paso de los días y una semana después, la refrescante catarsis mental de las vacaciones, queda sepultada por las avalanchas de la cotidianidad.
Por eso, presento excusas esta semana a mis lectores, pero es que sentía la necesidad de escribir una columna de transición, que me permitiera, aunque fuera de a poquitos, reconectarme con el día a día, ya que me siento incapaz de asumir, de un solo tirón, los ires y venires de nuestra realidad. Tal vez estoy agotado, susceptible, impactado. O quizás estoy cansado y mi cuerpo me exige unas vacaciones.
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