miércoles, 28 de enero de 2009

Decisiones de alcoba

Por Juan Antonio Ruiz Romero

Aunque su marido Bill reconoció que mantuvo una “relación inapropiada” con la becaria de la Casa Blanca Mónica Lewinsky, la entonces Primera Dama Hillary Clinton lo perdonó. Esa decisión -difícil, controvertida y de cara a la opinión pública- catapultó políticamente a la señora Clinton que se convirtió, sin mayor esfuerzo, en senadora por el Estado de Nueva York y luego, en precandidata presidencial del Partido Demócrata. Si no fuera por los errores estratégicos de su campaña y la aplastante figura de Barack Obama, de seguro que la esposa de William Jefferson sería la primera presidenta gringa y no la futura Secretaria de Estado.

En Argentina, a pesar de que el entonces mandatario Néstor Kirchner contaba con un importante índice de favorabilidad decidió no postularse a la reelección y cederle la candidatura presidencial a su esposa, la senadora Cristina Fernández, quién ganó con amplitud.

En Colombia, también tenemos casos similares de matrimonios por amor, por el poder o por conveniencia política. Cabe recordar, en el siglo XIX, a La Libertadora del Libertador, Manuelita Sáenz y a Soledad Román, la furtiva compañera de aventuras y después reconocida como la influyente esposa de Rafael Núñez.

Luego, durante el segundo gobierno del Frente Nacional, son recordadas las andanzas nocturnas del presidente Guillermo León Valencia, que cuando no estaba cazando patos, era asiduo visitante de la reputada casa de citas de Blanca Barón. Unos años más tarde, otro presidente, Julio César Turbay Ayala -a quién le encantaba apretujar y tocarle las nalgas a las señoras en las fiestas- consiguió que El Vaticano le anulara el matrimonio con Nydia Quintero, para poder oficializar su unión marital con Amparo Canal.

En Risaralda, tenemos varios casos de familias unidas alrededor del poder. Una de las más notorias, la del senador Habib Merheg y su actual esposa, la diputada y, hasta el 31 de diciembre, presidenta de la Asamblea departamental Juliana Enciso.

Como buen equipo que se respete, ya tiene sus divisiones inferiores preparándose: “Samy Merheg al Senado” y distribuidos los cargos de elección y representación que aspiran a ocupar en los próximos años “con el favor de los electores”.

Cuándo la política invade la órbita familiar hay una gran ventaja y es que no se necesitan las agobiantes sesiones de los directorios municipales y departamentales, con tantos intereses “non sanctos” y deseos de figuración, sino que usted arma las listas, las candidaturas y hasta los partidos, movimientos y alianzas en la mesa del comedor. O, en la comodidad del dormitorio, mientras sintonizan Cable Unión.

Pero hay más ejemplos de parejas que comparten su pasión por la política. Una, la del doblemente revocado ex congresista y ex presidente del Acueducto de Tribunas, Octavio Carmona y su esposa, la concejal Vivián López, posible candidata a la Cámara.

Y que decir del “Primer Damo” del municipio de Dosquebradas, el ingeniero Ricardo Valencia, considerado por algunos el verdadero poder detrás del trono de su esposa, la alcaldesa Luz Ensueño Betancourt, y quién, según, los oráculos políticos, después de lidiar un año como “Gestor Social” de madres cabeza de hogar, niños desnutridos, pandillas juveniles, ancianos abandonados y personas desempleadas, está predestinado a ser candidato a la Cámara de Representantes, por voluntad del senador amigo.

Ese debe el encanto de la política trasladada a las relaciones familiares. En la finca, en el avión, en el coctel o en la alcoba, te conviertes en candidato, “como resultado de los favores recibidos”. Así de sencillo: sin varita mágica y sin espíritu santo.

No hay comentarios: