miércoles, 28 de enero de 2009

Un monumento a las faltas

Por Juan Antonio Ruiz Romero

Faltó sinceridad. Faltó comunicación. Faltó elegancia. Faltó respeto por un símbolo de la ciudad. Faltó autoridad y, lo peor, faltó la reacción de la comunidad pereirana.

Esta semana, un completo informe periodístico y el editorial del periódico La Tarde volvieron a recordar lo que, bien podría ser, el nombre de una novela de intriga o de una recursiva tesis de grado: “Los extraños e intrincados secretos de la construcción de un complejo comercial contiguo al Monumento a los Fundadores”.

Vamos a revisar cuáles fueron algunos de los insumos de esta cadena de faltas. Faltó sinceridad del propietario del lote y del constructor. Ellos, en lugar de buscar un acuerdo, que permitiera el aprovechamiento del espacio público alrededor del monumento, se propusieron desde el principio eludir la norma de la Curaduría Urbana y lograr la licencia de construcción a como diera lugar. Luego, procedieron, con todo tipo de argucias, a transformar un inmueble con parqueadero, en 5 locales distintos.

En varios sitios, en Colombia y en el mundo, es común ver que las plazoletas, parques y sitios emblemáticos, cuentan con un entorno de actividad comercial: cafés, restaurantes, bares y dichos sitios apadrinan el lugar; lo cuidan, lo preservan. Aquí no ocurrió eso. Faltó comunicación y primó el beneficio de unos particulares, que volvieron discoteca el parqueadero y orinal el monumento del maestro Rodrigo Arenas. Faltó elegancia, faltó buen gusto y, sobre todo, faltó que se hicieran cumplir las normas.

Porque buena parte del debate se centra en que faltó autoridad. Es más, nunca hubo. ¿Dónde estaban la Secretaría de Gobierno, Control Físico, el Comité de Defensa del patrimonio, las mismas Curadurías, la Personería? Faltó entender que la autoridad se impone no solo con la fuerza, sino con la razón, con los argumentos, con la ley.

También creo que a la familia Jaramillo le faltó escuchar. Es cierto que, por escritura pública se estableció el muro para proteger el monumento. Pero también, las realidades cambian y frente a hechos cumplidos, faltó construir un acuerdo, una salida, en dónde, más allá de las razones individuales, se preserve para la ciudad, la escultura, en su majestuosidad y con condiciones de mantenimiento y cuidado adecuadas.

A nosotros, como medios de comunicación, como periodistas, nos faltó mucho mayor olfato, seguimiento y capacidad para entender la forma ligera, acomodada, individualista con que se maneja el “desarrollo urbanístico e inmobiliario de Pereira”, por encima del patrimonio, la historia y la cultura, que según parece, no merecen mucha consideración por parte de nuestras autoridades.

Y a la desidia estatal y la codicia privada, tenemos que sumarle la falta de interés e indiferencia ciudadana. Con excepción de unos pocos, la suerte del Monumento a los Fundadores y el muro de la discordia se observaba como un problema ajeno, de los demás, que no tenía que ver con nosotros. O sea, falta de sentido de pertenencia. ¿Qué más nos haría falta?

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