Por Juan Antonio Ruiz Romero, diciembre 6 de 2008
Dos hechos ocurridos esta semana, me llevaron a escoger como tema central de esta columna el fenómeno migratorio. El primero de ellos fue el Foro “Hablemos sobre el Presente y el Futuro de Pereira”, convocado por el proyecto del sesquicentenario de la ciudad.
El segundo, la celebración, ayer miércoles, del Seminario sobre Migraciones Internacionales y Retorno, organizado por la alcaldía municipal y la organización no gubernamental Asociación América, España, Solidaridad y Cooperación, AESCO, y en donde se buscaba un acercamiento a la realidad de miles de inmigrantes colombianos, residentes en el exterior, y que por la situación de recesión económica en el hemisferio norte, muy seguramente, se verán obligados a regresar al país, en los próximos años.
En el foro del lunes, algunos de los asistentes se quejaron porque, en su concepto, buena parte de los problemas que nos afectan: desempleo, inseguridad, pobreza, dificultades de movilidad, se debían a la llegada de “una gran cantidad de migrantes”.
Alguno de ellos, dándose golpes de pecho, se atrevió a decir que era una lástima que el 50 por ciento de los habitantes de Pereira no eran nacidos en esta ciudad. De hecho, si de cifras hablamos, el reciente Registro único de Vendedores informales del centro de Pereira y Cuba, efectuado por la Universidad Católica Popular de Risaralda, en convenio con la administración municipal, reveló que solo el 41% de las personas que derivan su sustento de las ventas callejeras son oriundos de Pereira y los municipios del departamento.
Aquí es bueno puntualizar algunos aspectos. Dubai, el “nuevo paraíso” del capitalismo, los rascacielos y el turismo, que se construye con los petrodólares en los desiertos de los Emiratos Árabes, solo tiene un 21 por ciento de población dubaití. El resto, ocho de cada diez personas, son inmigrantes de Asia, África, Europa y América que llegaron allí en busca de trabajo e ingresos.
Canadá, una de las siete economías más grandes del mundo, solo cuenta con el 30 por ciento de población nacida en sus extensos y gélidos territorios. Los demás son personas de los más diversos orígenes étnicos, geográficos, religiosos y culturales que han encontrado en esa nación la oportunidad de emprender una nueva vida. De hecho, el lema de la ciudad de Toronto, es un sencillo pero diciente catálogo de principios éticos y de convivencia social:
“Diversity our strength: Equity, Respect, Harmony, Prosperity. “Nuestra fuerza es la Diversidad: Equidad, respeto, armonía, prosperidad”.
Puede ser que en Italia, de la mano del controvertido primer ministro Silvio Berlusconi se ataque a los inmigrantes a los que acusan como origen de todos los males. Puede ser que el desprestigiado presidente de Francia Nicolás Sarkozy, quiera cerrar las puertas de la Unión Europea a la mano de obra que llega de África, América y Asia. Puede ser que en España, el Partido Popular de Aznar y Rajoy crean que los inmigrantes son una nueva versión del demonio, solo comparado a la banda separatista ETA.
Pero lo que no podemos permitir es que aquí, en Pereira, Risaralda y el Eje cafetero, que tenemos cientos de miles de paisanos en España, Estados Unidos, Canadá, Francia, Italia, el Reino Unido, Japón, Costa Rica, Argentina, Ecuador y Venezuela, entre otros países, seamos tan miopes para pensar que podemos construir, en estos tiempos globales, una ciudad solo de pereiranos y para pereiranos.
Tomemos el ejemplo de Toronto. Los intrincados nudos de interacción social, la multiculturalidad, la diferencia deben ser bienvenidos en una ciudad que es cruce de caminos y sueña con una renta por su ubicación geográfica.
La diversidad, más que una carga o una debilidad, ha sido, a lo largo de nuestros 145años de historia, una de nuestras más grandes fortalezas y como tal debemos reconocerla y cultivarla. La furia y las declaraciones anti-inmigrantes dejémoselas a los países “más desarrollados.”
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