lunes, 3 de diciembre de 2007

En un rincón del alma

“Favor no enviar flores”

Por Juan Antonio Ruiz Romero

Debo confesar que puede ser un trauma de infancia. Siendo aún muy pequeño, murió mi abuelita Maty y de ese momento de dolor y tristeza profunda, me quedó grabado en la memoria el olor de las flores como símbolo de ausencia.

Esta advertencia no sobra, en especial porque admiro a quienes se dedican al cultivo de flores, a los que elaboran bellísimos arreglos, llenos de arte y creatividad y a las personas que trabajan en una actividad compleja, con heladas y tanta rotación de inventario.

La culpa no es de ellos sino de nosotros que nos hemos vuelto facilistas y, para salir del paso en cualquier situación, recurrimos a las flores: un cumpleaños, un agradecimiento, un aniversario, un embarazo, un nacimiento, el día de la mujer, el día de la secretaria, el día de la madre, el día del amor y la amistad. Y cómo hay presupuestos para todos los gustos caemos en lo obvio y lo que es peor: -“Escríbale algo bonito, que yo para eso no sirvo”.

Pero además hay servicio a domicilio para cualquier situación, por desesperada que sea: “-Una rosa para ella”- dice el florido vendedor de las tabernas románticas, cómo si el inocente botón fuera a lograr lo que el encanto viril no pudo.

Sin embargo, por aquello del trauma infantil, en dónde es más evidente el derroche de flores es cuándo muere una persona. Unos por amor inmenso. Otros por sentimiento de culpa. Los demás por compromiso. Pero, todos, sin excepción, mandan ramos y coloridas coronas que nos recuerdan, eso sí, lo efímera que es la vida. La nuestra y la de las flores.

Varios millones de pesos diarios en rosas, astromelias, heliconias, gérberas, girasoles y demás especies que ni el difunto pudo disfrutar y que podrían servirle a alguna institución para continuar con su labor: Sanar, Manos Unidas, el Proyecto Acunarte, que se han ganado muchas flores por su trabajo, estarían encantados de recibir un dinero, que no se marchita tan rápido y le sirve a quienes todavía están vivos.

Recuerdo que la Cámara de Comercio de Bogotá puso en marcha hace algún tiempo el programa Hojas Verdes, por medio del cual se sembraba un árbol, en honor de la persona que había fallecido.

Aunque pueda resultar una “verdad inconveniente” para la cadena productiva de la muerte: salas de velación, ataúdes, vestido exequial, tinto, aromáticas, avisos, transporte, misa, oraciones, coros, plañideras, bóveda, tumba o cremación, es bueno empezar a romper paradigmas y que no se nos olvide: “Favor no enviar flores”.

ruizromeroja@hotmail.com

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