lunes, 3 de diciembre de 2007

En un rincón del alma

Nuestros Transformers

Por Juan Antonio Ruiz Romero

Era un tipo importante. Sus fotos aparecían con frecuencias en los periódicos. Los rasgos marcados, la nariz aguileña, ojos desconfiados y una sonrisa maliciosa. Se trataba de un deportista reconocido, dedicado ciclista, un ejemplo para las nuevas generaciones, un pedagogo de larga trayectoria y un sacerdote respetable: el cura Rozo.

Sin embargo, como si fuera parte de los Decepticons, los malos de la película, en horas de la noche, el personaje se transformaba. Y no en carros, tractomulas o avioncitos como los juguetes animados, sino en un siniestro abusador sexual. Rozo, se quitaba la sotana y se convertía en un acosador de niños y jóvenes seminaristas, incluyendo a un sobrino suyo. Al cabo del tiempo, cuando las denuncias salieron de las paredes eclesiásticas y fue imposible ocultarlas, el mismo Efraín Rozo confesó sus delitos frente a una cámara de video.
A pesar de las evidencias, el cardenal Rubiano le dio permiso al cura abusador para trasladarse a Guatemala a "descansar del molestoso caso", quizás con la esperanza de que allá lograra una transformación más de fondo. A quienes no han mandado ni a descansar ni a tratamiento sicológico es a las víctimas del Transformer ciclista.
El otro también era un hombre impoluto. De guerrera verde oliva y kepis. Brillante carrera militar, con un único compromiso: “defender la democracia, maestro”. Docente universitario, miembro de varias academias de historia. Comandante de la Escuela de caballería. Director Nacional de Estupefacientes. Candidato al Senado de la República.
El único problema es que, de repente, entre el 6 y 7 de noviembre de 1985, el coronel Alfonso Plazas Vega se transformó. Y no en un carro o una tractomula, sino en un tanque que disparó contra el Palacio de Justicia e ingresó a sangre y fuego en la sede de las altas cortes. Según los últimos testimonios, la orden era acabar con todo lo que se moviera o pudiera relacionarse con los guerrilleros del M-19, responsables de la toma. No importaban los rehenes, los magistrados, los auxiliares de la justicia, los empleados de la cafetería. Todos eran sospechosos.
Por el exceso de fuerza, pero, sobre todo, por los delitos de tortura y de desaparición forzada, un valiente oficial del Ejército se transformó en una máquina brutal ordenadora de muerte. Dos décadas después, conocemos la historia del Transformer protector de la democracia.
Y otra más reciente. De origen paisa. Humilde. Audaz. Protagonista de entrevistas exclusivas para radio y televisión. Hijo de un comerciante. Ganadero en Putumayo. Negociante con drogas ilícitas. Jefe Paramilitar en el Bajo cauca antioqueño. Mediador en la guerra en el Norte del Valle entre “Jabón y Don Diego”. Heredero territorial de “Rasguño”. Dueño de las ollas de vicio en Pereira y Dosquebradas, con la marca Cordillera. Tiene visa americana y en su contra no hay ningún proceso por narcotráfico ni solicitud de extradición.
Luego de 10 años de guerra y miles de víctimas, recluido en la cárcel de Itaguí, Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, es el Transformer Empresario por la paz.
Son historias reales, trágicas y dramáticas. Cada una daría para una película de cine. La única diferencia es que las historias de nuestros Transformers ocurrieron aquí y no en el planeta Cybertrón.

ruizromeroja@hotmail.com

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