lunes, 3 de diciembre de 2007

En un rincón del alma

Un sentimiento tricolor


Por Juan Antonio Ruiz Romero

A propósito del Día de la Independencia y del significado de los colores de la bandera de Colombia, ustedes se acuerdan de lo que nos enseñaron -hace ya bastantes años- en las aulas de clase: “El amarillo representa el oro y las inmensas riquezas de nuestro país; el azul, los mares, ríos y quebradas y, el rojo, la sangre derramada por nuestros héroes”.

Después del Frente Nacional y con un humor corrosivo, un narrador oral reinterpretó los colores de la bandera y decía: “El amarillo representa el oro y las inmensas riquezas de nuestro país; el azul y el rojo, los que se las robaron…”

Hoy, en día, la bandera de Colombia tiene varios usos, que se mezclan, divertidos, alegres, dolorosos y solemnes con los diferentes momentos de nuestra vida. La misma bandera tricolor que lucen los deportistas es la que cargan entre sus ropajes los guerrilleros, los paras y las “águilas negras”.

La bandera que colocan arropando el ataúd de los soldados y policías de Colombia muertos en combate, es la misma que llevan como pulsera empresarios, profesionales, artistas, estudiantes, sindicalistas y hasta el ex presidente estadounidense Bill Clinton.

La insignia tricolor que se alza altiva sobre lo más alto de los aparejos del buque escuela “Gloria”, es la misma que izaron los ciclistas en los Pirineos y los Alpes, cuándo corrían por Café de Colombia, o la que vio brillar esta semana Juan Mauricio Soler en el Tour de Francia, mientras el presidente Sarkozy, venía detrás de él, pero en coche. Las mismas banderas y el calor humano que llevaron a Juan Pablo Montoya a cambiar la fórmula 1 por la Nascar, que para algunos es como cambiar la Presidencia de la República, por una curul en un concejo municipal.

Y es que a los andariegos colombianos, regados por el mundo, que van a ver a Montoya, a los ciclistas y a los cantantes nuestros, podrá faltarles la visa, la Pony Malta y hasta, en ocasiones, el buen gusto, pero eso sí, todos tienen una bandera tricolor. Yo no sé donde habrán comprado en Hong Kong, Buenos Aires, Badajoz, Arequipa, Fort Lauderdale, San José, New Jersey, Sydney, Montpellier, Santo Domingo de los Colorados o Arganda del Rey la bandera nacional, o si la han guardado junto a la ropa interior, el cepillo de dientes y el desodorante en el momento del viaje. Lo que nadie se explica es de dónde aparecieron tantas banderas: arrugadas, raídas, pálidas pero, todavía tricolores, en las manifestaciones que por la libertad y contra el secuestro efectuaron miles de compatriotas, hace unas semanas, en más de 40 ciudades en los más remotos e insospechados lugares del planeta.

Esos mismos centenares de banderas también aparecen, por arte de magia, cuándo la selección Colombia de mayores llega -con un equipo de menores- a jugar la Copa Interparroquial de Clubes en Tokio o el Torneo de la Hermandad Binacional Afroamericana en Miami. Pelucas del Pibe de hace una década, dibujitos amarillos, azules y rojos en la mejilla, una exhaustiva mezcla de las camisetas de la selección, desde las originales hasta las más piratas y una pasión desenfrenada por el equipo, así no conozcan a ninguno de los jugadores. Gane o pierda, la emoción es la misma,

Aunque después de la frustrada expedición futbolera a la Copa América Venezuela 2007, un joven hincha de la Selección Colombia decía que tenía una curiosa mixtura de amor y odio con el equipo. “Es como cuándo uno está bien enamorado y la novia le pone los cuernos, una y otra vez y, a pesar de eso, uno se reconcilia y piensa que la siguiente vez, no va a volver a pasar.”

Por allá o por acá. Con bandera o sin bandera, este 20 de julio es una oportunidad sin igual. En un país adolorido, vital, pujante, desgarrado, creativo y en duelo todos los días, tenemos la oportunidad de celebrar lo único que nos une a todos: ser colombianos.

ruizromeroja@hotmail.com

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