En un rincón del alma
Nuestra cultura mafiosa
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Durante el puente festivo, un informe de prensa hablaba de las camisetas con la foto de Pablo Escobar que se venden como pan caliente en Cartagena, a los turistas extranjeros, cuya única imagen de Colombia son las drogas, la violencia y el turismo sexual. Es evidente, que comprar esa camiseta tiene para el visitante el encanto de lo prohibido y le proporciona la ocasión de escandalizar a la familia y amigos al regreso a su país.
Sin embargo, ese hecho es sintomático de algo que hoy nos marca más profundo que la bandera tricolor y es lo que el investigador social Luis Jorge Garay define en varios de sus documentos como “la cultura mafiosa” que existe en Colombia, asociada al crecimiento de los carteles del narcotráfico, de grupos armados ilegales de distinta factura, y su presencia legal y con multiples negocios de fachada en actividades varias de la vida cotidiana. Una cultura de lujos, de excesos, de silicona, gasolina y diamantes.
El ensayista Bernardo Pérez Salazar relaciona esa cultura mafiosa con “Dos nuevos mandamientos de convivencia entre nosotros, que evocan la facilidad de cosechar el fruto ajeno: el ‘décimoprimero’ – no dar ‘papaya’ –, y el ‘décimosegundo’ – no dejar pasar la ‘papaya’. Es decir, la opinión de muchas personas sobre los dirigentes políticos y los funcionarios: “Que roben un poquito, pero que se vean las obras…”
A pesar de los esfuerzos por consolidar aquel escurridizo concepto de “cultura ciudadana” aquel aforismo de que ‘En este país hay que ser rico o peligroso’, parece ponerse en evidencia en cada esquina. Dramática es la anécdota del niño que, en la guardería, le advirtió a su compañerito que: “Si me sigue molestando, va a amanecer flotando en el río Cauca”. O, sin ir más lejos, en los locales y pasajes comerciales, en donde piensan que quién más bulla haga con el equipo de sonido, es el más fuerte y si además, se burla de la secretaría de Gobierno y del personal de control, es todo un bacán, digno de admiración.
En el léxico cotidiano y no solo en los sectores populares sino también en entidades públicas y en las mismas universidades, es normal escuchar hablar del “duro”, del “propio”, del “socio” , del “patrón”, de la necesidad de hacer un “cruce” o de “arreglar un torcido”.
Pero es que además de las camisetas de Escobar, en las calles de las principales ciudades del país se ofrecen “las réplicas” de los libros “El Hijo del Ajedrecista”, “Rasguño” y las memorias de amor y dolor de Virginia Vallejo con Pablo Escobar. Pura cultura traqueta.
Una cultura en dónde todo es transitorio y desechable y en dónde su mejor expresión se mide, según Garay, a través del derroche y disfrute inmediato. En ese sentido, coincide con el cineasta Víctor Gaviria en su mirada sobre la generación que denominó del No Futuro: Si no hay nada más adelante, vivo hoy intensa, brutal, desaforadamente, ya que mañana quizás ya no esté…
Así como los italianos han logrado con el turismo, el fútbol, los vinos, la gastronomía y su historia generar miradas a su país más allá de la Cosa Nostra y la camorra, es tiempo de pensar hasta cuándo queremos convivir en Colombia con la cultura mafiosa o… ¿será que formamos parte de la misma y hasta ahora nos damos cuenta?
ruizromeroja@hotmail.com
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