En un rincón del alma
Incomunicación.com
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Me contaron en estos días una anécdota, que si no fuera por lo angustiosa y dramática, sería simplemente motivo de risa. Se trata de la vivencia de un cartagenero que llegó a vivir a New Jersey, a la casa de unos compatriotas amigos suyos. A pesar de su desconocimiento del inglés, el protagonista de la historia consiguió trabajo en una fábrica en el sector del Bronx, en Nueva York, a dónde se demoraba un poco más de una hora, tanto en el viaje de ida como en el de regreso.
Cuándo llegaba a la casa, cerca de la medianoche, los demás ocupantes del hogar dormían. Cuando se despertaba, hacia las ocho de la mañana, ya todos habían salido hacia su trabajo y sitio de estudio. Luego de varios meses, una noche se produjo el desenlace. El cartagenero entró abruptamente en los cuartos de sus compatriotas, encendió las luces y les pidió, en tono desesperado: “- Por favor, háblenme de cualquier cosa, pero háblenme que me voy a volver loco…”
La situación refleja, en toda su dimensión, uno de los problemas más complejos que viven nuestros compatriotas inmigrantes y el cual no se aborda con mucha frecuencia: el de la incomunicación o falta de posibilidades de integrarse al nuevo entorno, no solo con el idioma, sino también con las costumbres y la cultura.
Una de las características que define a las sociedades más industrializadas es que, con la excusa de la individualidad, cada persona se encierra en sí misma y con la ayuda del celular, el I-pod o los juegos de video portátiles terminan construyendo, en los espacios públicos compartidos como el transporte, la cafetería, el parque o la plaza, una burbuja que los separa de los demás.
Es poco habitual en las calles de las grandes ciudades del mundo ver a la gente parada conversando en una esquina. Tal vez, uno que otro latinoamericano o alguien buscando una dirección. Allí no hay tiempo para hablar, para tomarse un café, para “sentarse a botar corriente” como estamos acostumbrados nosotros. Allá cada minuto cuenta y si bien se lo pagan, también cada minuto destinado en otras actividades, es tiempo dejado de facturar.
Tal vez por eso han tomado tanto auge en los meses recientes, todo tipo de páginas en Internet que te ofrecen la posibilidad de contactarte, conversar, intercambiar fotos, música y videos con personas ubicadas en los más remotos destinos.
Ya pasó la fascinación inicial que ofrecían los chats o el Messenger de Hotmail, Yahoo o Gmail, que nos permitían (y lo permiten aún) conversar en tiempo real con familiares y amigos en cualquier parte. Luego fueron los blogs para que cada quién pudiera referirse a sus temas de interés y You tube, que permitió a miles de personas subir a la red sus videos caseros, sus pequeñas producciones con celular o cámara de video, sus adaptaciones de contenidos de cine y televisión.
Ahora, se abren servicios especializados, según grupos de interés, edad, afinidades sexuales, nivel académico, formación profesional, aficiones e incluso, selectivos para quienes dominan dos o tres idiomas. En los últimos meses, hemos sido avasallados por mensajes de los conocidos que nos invitan a inscribirnos en páginas como My space, Hi 5, Tagged, RadiusIM, Facebook, Sonico.com o a colgar las fotos de tus viajes, fiestas, reuniones en Flickr.com y otros portales similares. Incluso te advierten que si no te inscribes en esas páginas, es porque estás desdeñando la amistad de quién te invitó.
Y cuando uno analiza la carrera desenfrenada de la tecnología y de esas páginas por atraparte y hacerte sentir que estás comunicado con el resto del planeta, uno se acuerda del cartagenero que se iba a enloquecer porque no tenía con quién hablar y piensa que más allá de los portales de encuentro punto com, de las fotos digitales y de los mapas satelitales que ubican geográficamente a tus amigos, no hay nada como un café caliente, bien conversado, a las 10 de la mañana o a las cuatro de la tarde, con esos seres de carne y hueso a los que puedes ver a los ojos, sonreír y abrazar.
ruizromeroja@hotmail.com
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