En un rincón del alma
Las balas también matan
Por Juan Antonio Ruiz Romero
Hace 25 años empezó la saga. John Rambo, veterano de la guerra de Vietnam y miembro de las Fuerzas Especiales tiene problemas para adaptarse a la vida civil. El lema de la segunda cinta, podría resumir su historia: “Ningún hombre, ninguna ley, ninguna guerra, pueden detenerle”. Rambo es, al igual que otros íconos de Hollywood, un ser invulnerable, estratega diestro en la defensa personal, hábil con las armas y capaz de todo.
Pero, además, las historias defienden, a toda costa y en cualquier rincón del planeta, aquellos mitos de la libertad, la justicia y la democracia, que en últimas lo que representan son la sociedad occidental, capitalista e industrializada; el principal centro de consumo, en dónde el dinero y el éxito son la meta: la única e irrenunciable. Una sociedad individualista, estrecha, cerrada, en donde las puertas sólo se abren con dólares.
Los mismos dólares con los que se compran las armas. En cualquier tienda o supermercado, usted consigue, al lado del detergente quitamanchas, la pintura reflectiva y los bombillos, cualquier arma: desde un revólver, hasta pistolas automáticas y rifles, con sus respectivas cajas de municiones.
El joven asesino de la Universidad Tecnológica de Virginia, Cho Seung-Hui compró la pistola "Glock", con la que mató el lunes a 32 personas, en una tienda de ese estado por 571 dólares. En Estados Unidos es más barato comprar una pistola automática que un computador personal.
La segunda enmienda de la Constitución estadounidense establece que “no será violado el derecho del Pueblo a obtener y portar armas.” Y, aunque cada matanza, en escuelas y universidades, abre el debate, la industria militar y de armas es tan fuerte que ningún congresista y menos el gobierno se atreven a enfrentarla o contradecirla.
En una nota hallada en su dormitorio, Cho criticó a los "chicos ricos", la "degeneración", “el libertinaje” y los "charlatanes mentirosos" de la universidad, que- según él- lo obligaron a cometer la matanza.
Sin duda un joven atormentado y lleno de resentimientos. Quizás vivió el rechazo de una sociedad, en donde de todas maneras era un inmigrante, un asiático, uno de los otros. Cho escogió un camino equivocado y para eliminar a sus fantasmas encontró una pistola, que le costó el equivalente a 40 horas de trabajo, a 15 dólares la hora.
Con ella salió a solucionar sus problemas. Sabía que, como Rambo, con las municiones suficientes: “Ningún hombre, ninguna ley, ninguna guerra, podían detenerle”.
Es curioso, que un país con tropas en Iraq, en Afganistán, en Europa, en América Latina, sólo sienta el dolor de la muerte cuándo ocurre en las apacibles y bien demarcadas calles y campus universitarios. Tal vez, solo allí se dan cuenta de que, a diferencia del cine, los juegos de video y los informes de television de las guerras lejanas, las balas también matan.
ruizromeroja@hotmail.com
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